Yo No Estaba, Me Contaron

Este cuento mío, ni es mío, ni es cuento, yo no estaba, me contaron. Una tarde que visité a mis padres les pedí una historia de difuntos. Se miraron una décima de segundo con la complicidad que dan los años; ¿Era duda, condescendencia, incertidumbre, ternura?¿acaso estaba demasiado grande para historias de aparecidos?, ¿acaso sabían algo que yo no? Después de este lapso, mi madre comenzó:

“Estábamos en el último semestre de psicología en la facultad, había que presentar un trabajo de campo que se tratara sobre los procesos de duelo. Como las festividades de Todos los Santos y Fieles Difuntos estaban muy próximas, en un principio pensamos ir a San Andrés Mixquic, celebérrimo por los preparativos y los magníficos altares que se montan con un día de antelación y su alumbrada. Pero como se suele llenar de observadores, turistas, en fin, por una serie de inconveniencias, decidimos llegar mucho más lejos, hasta Huaquechula, Puebla. Nos pusimos en marcha. Habíamos pasado Cuautla, faltaba poco para llegar, estaba cayendo la hora mágica del crepúsculo, en el cenit ya se veían los rosados y los malva del arrebol ante nosotros, los compañeros de investigación y tu padre,  al volante. Soplaba el viento helado de octubre. Un perro cruzó el camino. “Cuidado con el perro… no lo aplasten”-bromeó algún tripulante, “Es que no es sólo un perro, -dijo tu padre cediéndole cortésmente el paso al animal- es un escuintle” Un xoloescuintle, el pequeño Anubis mexicano, el perro lampiño de la nobleza azteca y de quien se dice es guía del inframundo y regalo de los dioses a la humanidad.”

xolo

 

“Era la víspera de Todos los Santos, la gente suele encender fogatas, cempasúchiles vivos,  a la entrada de sus casas para los difuntos puedan encontrar el camino. A la orilla,  una simpática casita, bien pintada, con sus macetones cuidados, tal como es una casa típicamente provinciana. Una viejecita, reducida a su mínima expresión, cubierta con el jorongo hasta los ojos por el frio, con yesca trataba de mantener viva una fogata incipiente, apenas una dudosa almendra de fuego”

Aflojaron el pie del acelerador para preguntar por el poblado. La anciana asintió, pero, sin interrumpir su labor, agregó, “-es que vengo a prender la fogata, porque si no, nadie lo hace”, insistiendo.

No quisieron molestar más y se adentraron en la población. La gente era sencilla, tímida, pero muy amable. Se quedaron en cualquier sitio, sin estorbar, y al día siguiente comenzaron a tomar fotos desde muy temprano.

Conforme se iban adentrando en el día, la atmósfera se iba perfumando de incienso mexicano, el inconfundible copal con el cual iban haciendo sahumerios, los caminos, con la flor de veinte pétalos, sagrada y perfecta por tener el número veinte en su nombre, de la cual dicen unos que fue una doncella, descorazonada por la muerte de su enamorado, otros, que capturaba los rayos solares, inmortalizada para siempre, por los dioses. Los caminos quedaron coloreados del anaranjado insolente de la flor de muerto y del penetrante aroma del copal que iba saturándolo todo.

A las dos de la tarde sonaron las campanadas de la iglesia anunciando la llegada de los difuntos, guiados por la flor mexicana. Posteriormente fueron invitados a departir con los anfitriones un  taquito de frijoles caldosos y un chocolate aguado, frugalidad tradicional para los deudos, pues no se debe tomar ningún alimento de las ofrendas hasta pasado el tres de noviembre, ya que, si bien los difuntos no son egoístas como los mortales, no es de buena crianza tomar lo que ya has ofrecido, sino lo que se ha rechazado.

Reunieron testimonios, todavía se quedaron a socializar con los deudos, tomaron fotos de la alumbrada, aprendieron las diferencias entre los altares de Cabo de Año, pirámides de tres o cuatro niveles, es decir, ofrendas para quienes recientemente fallecieron y las tradicionales, y que la costumbre de la fogata de Ánimas Solas, altarcitos en espacios públicos, que data de la época anterior a la luz eléctrica, y que tenía por objetivo alumbrar a aquellos muertos olvidados, es decir, a aquellos que no tienen ya familia que les recuerde. Vieron las figuras que representaban al perro en los altares dedicados a los niños: eran escuintles. Todavía participaron en las luminiscencias de la procesión callejera, donde se mezclan deudos y asistentes, naturales y turistas.

Sin esperar al día siguiente, salieron del pueblo esa misma noche, el pueblo de puertas iluminadas por la flor naranja, la inmarcesible flor del fuego.

Entonces lo vieron. La casita donde la anciana intentaba encender su fogata incipiente; el techo vencido, el interior inhabitable, el olor de dejadez y abandono. Se dieron cuenta que nadie podía vivir ahí. Que nadie había vivido ahí, en años.

Apenas un débil rescoldo latía, y se resistía a morir, como el recuerdo, persistente, como la memoria, debatiéndose entre las cenizas, entre el helado soplo del olvido, insistiendo. Mi madre sintió más frío.

Nakawe‘ (Dulce Rueda Reyes)

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