Adicción

El lunes pasado fui a hacerme un tatuaje al que ya le traía ganas, (un Kaonashi  del Viaje de Chihiro, ése mono al que ustedes le llaman alegremente , “SinCara”)

Mientras mi amigo tatuador estaba cambiando la aguja por una de cuatro puntitas para rellenar el dibujo, estaba pensando en esas cosas que piensas cuando te están tatuando…

¿Te imaginas la primer persona, que se tatuó? Digo, porque el rito es demasiado preciso como para pensar en una serendipia o un accidente; son pigmentos muy precisos, el mecanismo es muy concreto…

Y luego sentí entrar las agujas y ver las primeras, minúsculas gotitas de sangre, como en una esponjita, unos rubíes diminutos pero encendidos, y el dolor, primero como algo lejano y luego en oleadas calientes que vienen y van, y luego una sensación muy chida, desde el cóccix hasta el cerebro y los dedos de los pies, ése cóctel de drogas que tu cuerpo elabora, tan poderoso, tan hermano del orgasmo y de algunos psicotrópicos.

Realmente los tatuajes crean una adicción muy cabrona y muy chida.

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