Nunca Te Subas al auto de un desconocido


Quizá el peor consejo que he recibido en la vida (no porque NO ME HAYAN pasado cosas temibles y bizarras), sino porque de no haber tomado pésimas y temerarias decisiones ( subir a autos de desconocidos, entre ellas) me hubiera privado deliberadamente de historias bizarramente placenteras.

Sí,  las mamás nos dicen que ese guapo muchacho en auto del año es quizá,  un psicópata y un depredador sexual.  Lo que no nos dicen es que ese psicópata nos puede dar la santa cogida de nuestras vidas.(Aunque también el herpes de nuestras vidas)

Estoy en un restaurante infantil,  degustando la última papita con salsa, tratando de digerir lo que acaba de pasar. Lo que me acaba de pasa encima, debajo y por todos lados.

Eran como las diez y media de la mañana, caminaba por Constituyentes.  Lo cual era una extrema rareza.  Tenía que dejar algo allá, y a las ocho de la mañana ya estaba esperando el camión de metro El Rosario. Pero una vez a bordo me percaté que había olvidado el objeto en cuestión.

 

Esto parece una estupidez pero es muy importante.  Regrese por el objeto, pero el siguiente camión tardaba mucho. En vez de esperar el siguiente Rosario ( y recorrer casi toda la línea del metro que llega hasta Barranca) me di cuenta de que era tarde así que tomé el Auditorio. Me baje en los juegos mecánicos (donde da la vuelta) y tuve que caminar el tramo hasta el museo Papalote, cuando un carro se detuvo junto a mí,  aunque en esa avenida no se permite parar.

 Me detuve a ver al interfecto,  y, aunque estoy muy acostumbrada a que seguido los autos se detengan junto a mí,  desde el idiota que me muestra su pena, (porque de pene no tiene nada), hasta el vecino que finge buscar una dirección falsa, o los miles y miles que se creen con derecho a gritarme de esquina a esquina toda clase de improperios. (no es cool, deja de hacerlo)

Era la primera vez que se detenía un automovilista así; no  más de veinte años,  guapo (muy), carro del año,  super celular que parecía tableta.  No preguntó el truco de pedir indicaciones, no me dijo ninguna barrabasada,  simplemente me preguntó para donde iba.  Me le reí en las narices y le dije que avanzara,  que ya tenía detrás una cola de cinco carros pitando y lo deje así. Debí poner pies en polvorosa.

Pero no se dio por vencido, sino que me alcanzó en la siguiente cuadra, aunque la cola le había crecido. Insistió, eché un vistazo en el carro, y no se con qué artes de convencimiento me subí.Olor a nuevo. De cerca pude verlo a él mejor, hermosos ojos límpidos y grandes como dos avellanas verdes aún, con un suéter de Zara más blanco que los nuevos, tan blanco que robaba toda la luz del sol,  y dientes igualmente blanquisimos.

-¿Y tu, le dije, donde dejaste las alas? Le dije,  aunque el no supo que contestar y me respondió con una risita que sonó como una cascada
-Dulce, le dije, Es mi nombre.
-Ah, pensé que me ofrecias algo de comer.
-Sí, también.
Me miró fijamente.
-El mio es Kristoff.

 

No sólo me llevó a donde le pedí , sino que  me correspondió cuando me despedí con un beso en la boca. Sabía rico y me dejó acariciarlo por todos lados. Toqué sus manos, sudadas y frías, ¿está nervioso?, también me dio su número.

El tenía  pendientes y yo también, así que acordamos vernos en una hora, en ese mismo punto.  Con el corazón en un puño hice las cosas que tenía que hacer, con tal celeridad que casi ofendí a la persona que tenía qué ver. Y casi me parto la cabeza al bajar las escaleras corriendo a empellones para llegar a la hora acordada.

Él no estaba ahí. ¿Lo habré soñado? Estaba empezando a creer que sí. Estas cosas solo pasan en las canciones de Joaquín Sabina, en las películas bobas de J. Lo.  y en los libros de Kundera.
Entonces, se me ocurrió una pésima idea, es un decir, porque cuando se me ocurrió ya la estaba efectuando; crucé la calle, entre a un Oxxo, tomé unas pastillas Halls de menta,  un vicio  que tengo arraigado, y una compra de impulso: un paquete de condones.

Regresé a mi esquina como centinela y vi su nave estacionar, mientras me metía la pastilla en la boca. Se paró y me abrió la puerta.
-Por un segundo pensé que no ibas a venir, confesé.

-Entonces,  ¿a donde?,  pregunto él
-Depende de lo que quieras hacer, le dije yo.
-tú que quieres hacer?, replicó él.

-yo creo que tú sabes lo que quiero hacer.

Nos dimos entre trescientos y cuatrocientos besos con tal suerte que de milagro no chocamos. Me pidió ver más de cerca mi piercing. Eso sí fue algo raro, como lo supo él si tenía el abrigo abotonado hasta el cuello. Tu foto de whatss, contestó . Se metió por unas calles hacia dentro de la prepa Vidal, llegamos a su casa, el se metió para amarrar al perro, yo me metí otra halls discretamente antes de darle sexo oral. Cuando se quitó la camisa pude ver sus CINCO! tatuajes e hice un esfuerzo sobrehumano para no soltar un gritito mientras contemplaba en silencio el enorme tigre que estaba al acecho en su torso y me miraba, a punto de brincarme encima.

 

Cuando le bajé la trusa vi en el espejo su bien formado culo
… y su respetable animal erguido, rosado, grueso, cabezón, como de actor de película porno, sí, tenía un miembro hermoso, como esculpido por algún renacentista preciosista, con una elección de noventa grados, una obra de arte, pero lo supe muchísimo mejor cuando con una mano lo empecé a tocar, arriba abajo, y me lo metí en la boca y su sabor me inundó la garganta. El, impávido, parecía saber lo que iba a pasar.Y ya, para qué decir que le hice y deshice. 
Lo monte hasta la extenuacion con rabia, despanochándome encima de él que me observaba atónito mientras estrujaba mis pechos . Lo hicimos como animales antes de decirle que lo quería tener detrás de mí. No es que me precie de ser una fornicadora profesional pero eso bastó para que en pocos minutos lo sintiera mientras oía los golpecitos de sus bolas dando en mis nalgas. Reventó.

Me acosté a su lado, sudoroso y rojo como estaba, pero dijo, “No, ya me vine”, quise atraerlo hacia mí pero el se excusó alegando estar todo “sudorado” Sudorado. SUDORADO. Bueno, nadie es perfecto. Nos vestimos entendiendo poco o nada de lo q acababa de pasar, nos despedimos con otros cuatrocientos besos y me dejó en el mismo lugar donde lo vi la primera vez, antes de irnos corriendo a trabajar los dos.

Estoy en un restaurante infantil,  degustando la última papita con salsa, tratando de digerir lo que acaba de pasar. Fui al baño.

Sí. Sucedió. No, no nos volvimos a ver jamás.

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