Juventud en Éxtasis

Trepaba dificutosamente por unos mal encaminados dieciséis años, buscando algo,  sin saber qué,  un desasosiego de querer saberlo todo,  una náusea de la ordinariez, un hambre como para tragarse al mundo, una inquietud por encontrarme, por saber quién soy.

Apenas me daba abasto entre la escuela,  clases de karate,  guitarra, idiomas. Me meti al taller de guitarra clásica con Espino,  un celéberrimo maestro del CCH muy bueno y que sigue dando clase ahí, que enseña ya sea por partitura o por tablatura,  los famosos “círculos”. A la fecha,  sigue organizando los festivales de guitarra ahí.

Y ahí estaba Èl, sentado, tensando las cuerdas y dando la nota que el profesor le marcaba. Pero era una clase avanzada y yo había llegado temprano, así que me senté no lejos, pero tampoco cerca y empecé a hacer lo propio, tensar y afinar cuerdas. Poco a poco el salón comenzó a llenarse y entonces,  el maestro y él se echaron un palomazo.  Que maestría en sus dedos, que yo pretendía no ver,  porque cada que levantaba la vista me encontraba con su mirada insistente.  Era guapo, pero no me iba a dejar conmover por unos ojos coquetos. Le devolví una mirada áspera, y me topé con sus ojos negros.

Pronto, fui con el colectivo Fulano,  que era una organización política de alumnos que se dedicaba a hacer colectas y plantones y apoyaban a los zapatistas y a todas las marchas mandaban un contingente. ¿Y a quien creen que me encontré?  El matudo enrollaba un churrito de mota. ¿Cómo se atreve a chuparlo tan cachondamente? Al verme,  me aventó una bocanada que pretendía ser sensual.  La disipé con un ademán de femme fatale.

Y luego me lo encontré por todos lados.  Conocía a todo el mundo. Supuestamente estudiaba Medicina en CU, como atestiguaba su carnet..  ¿Qué hacia entonces en el CCH? Empezó a hablarme y yo, a descubrir que era sencillo y agradable,  cuando de repente, ya habíamos llegado a mi casa.

Mi padre, un sociólogo academicista y un tanto dogmático, estaba en casa,  pero el saltó con presteza y le dio un apretón de manos viril. “Gabriel Venegas ” sin lambisconeria.  Mi padre. Receloso, empezó a hablar de las tesis de Marx,  y de Lenin,   después sabría que era su método infalible para calar gente, pero él… Oh él tomó al vuelo la idea y empezó a defender  el anarquismo citando con maestría a Buenaventura y a su postura con la seguridad de alguien que ha releído el socialismo. Nunca había visto a nadie a ponerse al tu por tu con mi padre.  Yo estaba impávida, pero quedó como una platica entre caballeros y lo corrí,  ofreciéndome llevarlo a la salida.  “No hace falta,  sé donde estoy ”

Y desapareció sin dejar teléfono.  Presenti que me lo volvería a encontrar. Y no pasó mucho tiempo, un par de años sin que convocaran a una marcha, la del Dos de Octubre. Recuerdo haberme subido a un poste para tomar fotos… Y en un contingente que no tenía nada que ver con la UNAM venía el, de a solapa, bajo la lluvia.  Se había amarrado una lona plástica con consignas políticas en la espalda. Su cabello largo al aire.  Si Superman hubiera tenido conciencia social, así sería. Le tomé un par de fotos, flasheándolo.  Volteó a verme. Bajé del poste y sin decirme nada, nos dimos entre trescientos y cuatrocientos besos.

Caminamos juntos hasta llegar a la plancha del zócalo donde mi padre ya me esperaba.  No le gustó mucho verme con un pretendiente intachable ,  pero se aguantó.  Lo que fue increíble era que no nos sorprendiera caldeando furiosamente (lo besaba con furia. Lo mordía,  lo mordía más fuerte porque no se quejaba, le hacía y deshacía con más ganas al notar lo erecto que se estaba poniendo ,  le metía mano por todos lados)y no me quejaba de me que me apreciará con furia, como un juego mayorista. y si se dio cuenta lo disimuló bien. Al terminar el primer orador mi padre dijo que se iba a casa,  y Gabo, con la ligereza de sus veinte años, que se quedaría hasta el final y que me llevaría a casa.
Se despidieron con cordialidad.

Entramos a trompicones a la habitación de mala muerte,  aquello era un pulguero donde seguramente se nos subirían las chinches,  tropezando con nuestros besos,  haciéndonos nudos con nuestros pies. No puedo decir todo lo que sucedió porque para mi es imposible discernir entre lo fantasioso y lo real.
Cumplió su promesa y me dejó en casa al día siguiente temprano.  Mi padre se había ido a trabajar pero al volver no sacó el tema.

Y muchos años después,  me pregunto que habrá sido de el.

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