Carta Abierta a los Taxistas del D.F. (hoy ciudad de México)

Ante la avalancha de inconformidad por servicios  privados de transponer (inconformidad por parte de los taxistas del parque vehicular de la ciudad y áreas conurbadas,  Abraham Sanchez Castillo, les extiende una carta abierta.

La cual les extiendo, íntegra, tal como él publicó en sus redes sociales el 7 de mayo del año en curso.

Carta abierta a los señores taxistas del Distrito Federal:

Como usuario frecuente de su servicio, he estado observando con interés el proceso que han establecido contra Uber y Cabify, aplicaciones que prestan el mismo servicio que ustedes vía internet. Un momento ¿dije el mismo servicio? Pues no, definitivamente no. La relación calidad-precio es mucho mejor. Vamos a suponer que están actuando de buena fe y no entienden esa diferencia. Voy a tratar de explicarla.

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Imaginemos un típico viaje por la Ciudad de México. Antes debo aclarar que, en la medida de lo posible, evito usar taxis. Uso el transporte público. Pero a veces uno prefiere la comodidad o la rapidez de viajar en un auto particular. Y moverse en esta ciudad de noche es imposible ya que las rutas nocturnas son pocas (algo que no ocurre en otras ciudades importantes alrededor del mundo, pero ese es otro tema).

 

El primer (y muy frecuente problema) con el que me encuentro al hacer la parada a un taxi es que me pregunten “¿para dónde va?”. Si uno tiene la mala fortuna de viajar hacia algún sitio lejano, es posible que venga esta retahíla de respuestas: “huy no joven, no voy para allá”, “me queda lejos”, “no es mi ruta”. Perdón, pero tengo entendido que voy a pagar por sus servicios para que me lleven hacia donde necesito, no para donde ustedes quieran. Si no piensan trabajar de ese modo o están concluyendo su jornada de trabajo, mejor no se detengan. O infórmenos cómo son sus rutas autorizadas y hacia dónde van, para que los usuarios estemos enterados.

 

Una vez que logramos trasladarnos, viene otro problema común: “¿no trae cambio, joven?” Quizá no lo sepan, pero están ofreciendo un servicio y es su obligación traer cambio. Es comprensible que no tengan cambio si quieren pagarles un trayecto de 30 pesos con un billete de 500, pero me ha tocado ver extremos ridículos donde me piden cambio de un viaje de 42 pesos mientras intento pagar con un billete de 50.

 

Durante el trayecto también ocurre con frecuencia que ustedes estén de mal humor, manejen mal, se pasen semáforos, no respeten a los peatones, etc. De algún modo eso puede ser comprensible: tantas horas en el tráfico de esta ciudad enloquecen a cualquiera. Pero procuren por lo menos respetar a sus usuarios devolviendo el saludo, sin hacerles caras de enojo y sin traer el volumen de sus radios a 100 decibeles. No tenemos obligación de tolerar sus malas actitudes. Y hablando de eso ¿qué les hace pensar que pueden dirigirle “piropos” a las mujeres solas que abordan sus unidades? No es un halago que les estén pidiendo besos, ni que les digan que están guapas, ni nada similar. Eso es acoso y está penado por la ley, esa ley de la que se quejan que empresas como Uber están rompiendo. Ustedes también respétenla y, sobre todo, aprendan a respetar a sus usuarios y especialmente a sus usuarias.

 

Dicen que Uber cobra tarifas arbitrarias no autorizadas. ¿Y las que cobran ustedes de noche y en sitios? Ningún taxista, NI UNO al que le haya hecho parada en la noche, trae encendido su taxímetro y siempre cobran arbitrariamente. ¿Por qué exigen respeto a las tarifas si ustedes mismos no cumplen sus reglas? El taxímetro ya trae marcas para tarifas nocturnas. Empiecen por respetarlas ustedes mismos.

 

No puede ser que existan sitios de taxis que digan “se cobra por taxímetro” cuando todos deberían ser así. ¿Por qué permiten la existencia de lugares que cobran arbitrariamente?

 

Una más sobre sus tarifas: es incomprensible el nivel de abuso que ejercen contra sus clientes a las salidas de conciertos, bares, etc. Al salir de algún evento masivo en el Foro Sol he encontrado taxis que cobran 250 pesos de tarifa mínima para moverte apenas unas cuadras. Y de ahí en adelante, hasta 600 pesos o más. ¿Eso es lo que ustedes definen como “respeto” a las tarifas? ¿Aún se sorprenden que un usuario quiera utilizar otros servicios mucho menos abusivos?

 

Por último: antes los taxistas conocían la ciudad. En el Reino Unido, por ejemplo, los taxistas deben someterse a un riguroso examen antes de obtener su licencia como choferes de alquiler. Aquí no se les pide tanto, así que por lo menos conozcan las rutas básicas. No tenemos por qué estarles diciendo por dónde irse. Es su obligación conocer su medio de trabajo. Ese método tan socorrido por ustedes de decir “por dónde quiere que me vaya” es mañoso y tramposo, engaña al usuario que no conoce lo suficiente y les permite a ustedes cobrar unos pesos de más. No sean miserables.

 

Resumiendo: si me preguntan si prefiero un automóvil mal cuidado, con un conductor malencarado, que no sabe qué ruta tomar (o que de plano no quiere ir a mi destino) y que truquea su taxímetro para cobrar de más o si prefiero uno que puedo pedir por internet, seguro, bien cuidado, con tarifas bien establecidas (que puedo pagar con tarjeta) y que me ofrece agua o poner la música que yo quiera ¿adivinen cuál voy a escoger?

 

El problema no es Uber o Cabify y lo que ustedes llaman “competencia desleal”. El problema son ustedes. Si los usuarios no los prefieren es por los años de constante abuso y negligencia de su parte. Es hora de que se modernicen. Si ahora tumban esos servicios, vendrán otros en el futuro. Si quieren conservar su trabajo, es hora de que traten a sus usuarios con dignidad y respeto y ofrezcan ventajas reales sobre otros servicios.

 

Por mi parte seguiré usando esas aplicaciones que para ustedes son el equivalente a satán hasta que no tenga una mejor opción. O que ustedes, mediante sus mafias e influencias con la Secretaría de Transporte, las tiren. No luchan contra la competencia desleal sino que están en contra de la competencia; no les importan sus clientes ni ofrecer innovaciones. Y están en su derecho, supongo. Solamente no esperen que los consumidores los respaldemos en su “lucha”.

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