Ficción

-¿Y cuánto cobras?
-Dos mil pesos
-¿cuál es el servicio?
-Trato de novios, besos, abrazos, un oral natural y las relaciones que aguantes en ese tiempo
-¿Al natural?
-No mames, con condón. NADIE te coge al natural.
-¿Me incluye un anal?
-No seas pendejo, nadie te incluye un anal, se cobra aparte, SIEMPRE. No conozco ni una chica “bien”  ni “limpia”, que te incluya un anal en el precio.
-¿Pero lo haces?
-Sí
-¿Cuánto?

-Mil pesos.

Lo había conocido hace bastante tiempo, no importa exactamente cómo. Entré a trabajar, conocida como “la novia de..” alguien que ya trabajaba ahí y tenía cierto don de mando, y eso, por algún tiempo, me dio seguridad y me espantó a los posibles pretendientes, aunque yo ya sabía que le gustaba a él, por cierto modo de ser los hombres, cierta esperanza  de que algún día les deba algo qué pagar con sexo a la que llaman “cortesía”. O tal vez no.

Luego, terminó la relación y creo que seguía abrigando esas esperanzas, aún cuando Fulana y Mengana se esforzaron en darme mala reputación, la misma, que ellas se habían ganado a pulso porque la ejercían, pues, nadie tan consciente de que una puta, al menos para la sociedad, es peor que un deshecho social;  que las mismas putas, así el que te esté cogiendo sea un lacra, un político corrupto, un narco, tú eres mucho peor. Y además lo hicieron con tanta eficiencia, que me volvieron accidentalmente súper popular. Así que antes de volverme puta, ya tenía una “cartera” de clientes. Posibles, al menos. En realidad me hicieron un favor, ellas, que cobraban 1,200 por un acostón, que empezaron haciendo chambitas de 800 pesos, que sufrían con los clientes malos, con los que regateaban, con los que hacían cita y no se presentaban, con los que les ofrecían a cambio un celular madreadón, seguro robado.

Pero yo estaba aquí, hablando con Fulano, que, muchos años después, encontró mi teléfono y me preguntaba ¿Cuánto? por un anal, Mil pesos (por el hecho de ser YO), le dije yo, y sin chistar él: “Está bien”.

Llego a las dos de la tarde, sharp,  al hotel sobre Insurgentes Sur. Es  agradable, de influencia californiana, con grandes macetas estilosas y un gusto minimalista. Me informan que ya está esperándome. La eterna caminata al elevador. El timbre me dice que llegué a mi destino. Toco la puerta y abre él, en bata. Está muy feliz, exultante. Empiezo a desvestirme, pero me lo impide, quiere hacerlo con sus propias manos.

Cuando todo termina me dice lo mucho que envidiaba a Perengano, el vernos a la hora de la comida, el salir juntos del trabajo a una hora (pm) y a veces hasta llegar juntos, que se preguntaba cómo sería coger conmigo, que me conoció antes por mis letras y me deseó entonces, ya no como una fantasía, sino como se desea a una persona.

Le contesto que eso es un tanto contradictorio, que lo que finalmente busca la prostitución es la sujeción de la mujer a los deseos masculinos por violencia o coacción, que la objetiviza, que no es un signo de libertad sexual, más bien al contrario. Él insiste en lo mismo, que le sería “difícil” pensar en mí como un objeto o todo en lo que pienso para evadirme mientras eso “sucede”.

Al final, pagas por ficción, y ficción es lo que obtienes, pienso mientras me visto.

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