Limerencia

Tenía esta suerte de… limerencia con este joven en particular. Tanto, que llegué a asustarme. Tenía algo en sus genes que me gustaría pasarlos a la siguente generación, una estatura considerable, unos ojos tiernos de niño… O no sé, quizá lo veía con los ojos del amor.

La primera vez lo soñé  con un uniforme de legionario romano. Yo sentada en un banco, con un peplo blanco. Su papel era corto, pero interesante, entraba, preguntaba con voz potente “¿Cómo está MI hijo?” con un aplomo que no permitía dudar que él solo lo había parido, y en ese instante, como sucede en los sueños, un infante aparecía, bien prendido a mi pezón, “el niño está bien”, contestaba yo, como si el padre fuera lo de menos.

En varias ocasiones volví a soñar a “nuestro” hijo, como si el subconsciente me permitiera ver cómo iba creciendo, a veces caminaba,  a veces hablaba, a veces lo llamaba “papá”, pequeños episodios de nuestra familia soñada, en una casa que no existe. En ocasiones incluso escuché la canción que dicen las africanas, marca el auténtico nacimiento de un bebé, y la madre debe comunicársela al padre para que él la entone y así ayudarlo a nacer. Por alguna razón, las cosas no resultaron del todo bien. Creo, que el amor que tenía en mí se hizo fecundo. Decidí terminar con todo ello. Esa noche tuve un sueño tétrico y revelador; Estaba sola, en un planeta desconocido. Buscaba al padre de mi hijo por todos lados, con la certeza de haber quedado embarazada por una forma de vida alienígena. Al no hallar a nadie, me metí en una cápsula médica como la de “Prometheus”, y programé una cesárea. Nunca he sentido dolor tan real como el imaginario, el bisturí cortando, la piel levantado, la pinza extrayendo aquello que nos daba tanto pavor: un pequeño e indefenso feto, apenas formado. No quise verlo más.  Costurones con una aguja curva, como de coser alfombras. Y luego aquellas grapas. Me desperté empapada en sudor, en un grito, buscándome los costurones y las grapas, con terror de que se me salieran las tripas al caminar. No encontré nada. El aborto psicológico surtió efecto; no he vuelto a soñar a nuestro hijo no nacido, a nuestro hijo que nació muerto.

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