Honestidad Brutal

Estaba ahí, sentada al lado del hombre  alrededor del cual, hubo un tiempo en que giró mi universo, apretujados en la combi que recorría las calles chipotudas de Mordor, Estado de México. Estaba ahí, sentado, quejandose de las malas relaciones con mi madre (creo que sólo mi padre tiene, a veces, buenas relaciones con mi madre, siempre y cuando no haya un tercer elemento), y yo ahí, oyendo con cierto placer los rancios problemas de los que me distancié a tiempo, no tan a tiempo como me hubiera gustado, pero aún era menor de edad.

Llegando a los primeros indicios de civilización, es decir, saliendo del metro Indios Verdes, me preguntó si quería caminar con él. Le pregunté qué tenía en mente:

-Pasear,  comer juntos y después meterte la verga. Si tú quieres.

 

 

Amé su honestidad brutal; su plan era bueno y nunca sé con precisión qué tantos ánimos tiene un hombre  de meterme la verga. Terminamos en el Carl’s Jr.  de Montevideo. Nos dieron la orden 69. “Este arroz ya se coció”, pensé para mí.

Entramos al hotelito. Creo que nos dieron el mismo cuarto, quizá lo imaginé. La cama con una colcha elegante, las almohadas tamaño cuerpo humano, el colchón mullidísimo. Empiezo a desvestirme, pero él no me deja terminar, quiere contemplarme, él mismo desatar los ganchos del sostén, chuparme los pezones, bajarme la tanguita, meterme los dedos y sacarlos húmedos.

De repente ya está sobre mí, siento sus embestidas furiosas, cuando está a punto de venirse lo tiro en la cama y ahí lo monto. Se está conteniendo. Me monta de nuevo y me los tira en el culo.

Tirados en el suelo, con las sábanas enrolladas y las rodillas deshechas, tratando de aguantar el poco aire que parece tener la habitación. Me paro trastabilleando y me meto en la regadera, el me alcanza justo cuando me estoy jabonando; no tarda en lograr otra vez una erección y lo hacemos de pie, agarrados a las paredes resbalosas con las uñas. El día fenece en la ventana.

Entonces me acompaña a tomar el camión, sin falsas promesas de volvernos a ver. Me quedo dormida en el camino hasta que siento la curva de donde está mi estación, la última.

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