Crema de berro

sopa-fria-de-berros1 manojo pequeño de berros
1 cebolla chica, un puerro chico, picados muy fino y sofritos
4 a 6 papas chicas, hervidas y peladas
1 lt. de caldo de pollo

Se licúan todos los ingredientes hasta que estén perfectamente incorporados; se lleva a ebullición a fuego bajo en una cacerola a que tenga el cuerpo de una crema, sin dejar de remover; se sirve con croutones o unos hilos de crema.  Como se ve, no tiene mayor complicación.

La nostalgia tiene un sabor diferente para todo el mundo; para mí, es éste el sabor, el de una crema de berros hecha en casa, con ingredientes vulgares (se consiguen en cualquier parte), pero que me recuerda al hogar materno, a regresar de la escuela, y de probar una deliciosa crema de berros, quizá, porque su sabor fuerte no era del agrado de mi hermano ni mi papá, y entonces la hacían muy poco en la casa. Es el Ratatouille de mi Anton Ego:

Anton-Ego-Ratatouille-Chateau-Cheval-Blanc-1947

Sin embargo, por ese mismo sabor fuerte del berro, me cautivó. La verdad, es que siempre me gustó comer de todo, pero entonces padecí porque los varones de casa eran muy “especiales”, (por no decir, “mamones”); a mi papá si no le servían carne, no sentía que estuviera comiendo. Todo tenía que estar hecho como lo hacía su mamá, si no, no le gustaba. Una vez le pidió unos huevos a mi mamá y le dijo: “esto no son huevos a la mexicana, son huevos con jitomate…”

Mientras que con mi hermano era problema mayor; no le gustaba el huevo, y por tanto, ni la mayonesa, ni el merengue ni nada. Ni la leche, la crema ni nada que se le pareciera, y aquellos deliciosos “gorditos” del bistec, de las carnitas, del tuétano, eran un oprobio para él. Del huevo medio cocido ni hablemos. Cuando preparaba tocino lo quemaba hasta que quedaba como chicharrón. No era que tuviera una alergia, era simple y llanamente mamón.

Tampoco le gustaba que una desbaratara el queso para enchiladas con las manos sino con un tenedor, con lo cual quedan unos pedazotes enormes de queso (mientras a mí me encantaba meter la mano, limpia, claro, y desbaratarlo muy fino). Pero mi mamá decía “es que a él no le gusta así”… Pero ojos que no ven, corazón que no siente, así que si me ponían, lo hacía como yo quería y se friegan. Tampoco podía elegir mi pastel de cumpleaños (debía escoger un pastel de chocolate o tartaleta en lugar de ese blanco de merengue y tres leches que yo quería) Se me hacía muy pendejo.

También se me hacia una arbitrariedad horrenda, que, siendo la que jamás le ponía peros a la comida de mamá (“ay, esta sopa tiene nata”,  “esto tiene huevo”, “no me gustan los pellejos del jitomate”, “no me gusta “lo blanco”,  “quítale la cebolla”, al contrario, era la que siempre le festejaba su comida “ay, que rica sopa”, “está muy bueno el caldo”, “me gustan mucho las enchiladas”, “quiero más mole de olla”, etc) quizá por lo mismo, nunca me preguntara mi opinión; se hace esto porque es lo que pueden y quieren comer ellos. A la fecha me sigue dando mucha risa, que no le podían explicar a mi hermano porqué no le podían quitar la cebolla a la sopa “está molida, junto con el jitomate y el ajo”…. “¿pero…. entonces no le puedes quitar la cebolla?” Cuento de no acabar.

Ahora, de grande, me preparo yo misma esta sopa de berros, en memoria de todos esos años de ayuno y sacrificios.

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