VI Antes; Memorias de Nyr

12aaae92bad1f752225005a0a2a92108El invierno llegó con un hálito helado que se filtraba por las puertas y que calaba hasta los huesos. Sólo el gluhwein, el vino especiado con clavo y canela, que ya se destilaba y hacía desde tiempos inmemoriales, lo hacía soportable. La dinastía de los Almeric se jactaba de tener una milenaria receta, que, decían, tenía el poder  recuperar dedos perdidos por la gangrena, evitar amputaciones, e incluso, de disputarle desahuciados a la misma muerte, y  levantar, como de una hibernación, a los muertos de frío, que despertaban de golpe y balbuciendo horrores de espectros blancos que cerraban sus huesudos y helados dedos en torno a sus gargantas.

Habían pasado seis meses desde la chiquilla pelirroja, que estuvo a punto de ser violada, si Ivayne no hubiera llegado a tiempo de partir  en dos, como un puerco, al tipo que ya se estaba desbraguetando y a sus dos compinches, de un golpe de su hoja bastarda. Seis meses desde la bean nighe, esa espectral aparición que se bañaba desnuda en el río de témpanos, como en un día de verano. El recuerdo de la figura femenina, desvistiéndose como si se supiera vista, pero fingiendo que no, le causaba a Zadkiel una irrigación de los vasos sanguíneos más fuerte que la del gluhwein, y pensamientos poco virtuosos, pero también recordaba, que en su aldea contaban  historias de Morrígnas, horrendas ancianas que lavaban sus trapos ensangrentados en las orillas de los ríos, que quien prestara atención a sus cantos tenía a cercana la muerte, pero que, sin embargo, quien fuera amamantado por una, no podría morir.

Ahora, la mujer que vio Zadkiel no era anciana ni horrible, ni lavaba trapos en el río, ni cantaba predicciones de muerte, (es decir, no fue cantando como predijo la muerte del viejo rey); pero todo lo que le dijo era verdad. Cerró los ojos, y ahí estaba la mujer de hielo, sonriéndole cruelmente, pasó saliva y sintió, de nuevo, el resabio de su leche en los labios, era dulce, como  una leche enmielada.

Seis meses eran mucho tiempo lejos de casa, pero mucho más viviendo de sopa de nabo y col, a veces carne de caballo, y el té de mantequilla de buey, que era el único ganado capaz de soportar el frío más intenso. Al final de la temporada, no sólo comían mantequilla de buey en el pan, bebían té de la mantequilla de buey, dormían en pieles de buey, sino que ya olían como tal.

Zadkiel extrañaba, quién lo hubiera dicho, el odioso olor del pasto recién cortado, ese olor insistente, enervante, una buena caza, asándose en sus propios jugos,  la hoguera crepitar, quizá cerdo en salsa agripicante, una buena cerveza de malta, y una buena moza, sobre todo si no ponía muchos remilgos a la hora de darle placer oral y otras mañas que enseñaban las grandes matronas a sus pupilas más avanzadas en el arte de alegrar el sexo de un hombre.

No era un hombre de mucho mundo, tampoco había tenido demasiada experiencia, dada la devoción que debía a la Orden, pero, en cierta ocasión, muy joven, antes de tomar los votos, había estado en Nyr y lo sorprendió la alegre indecencia de las muchachas que iban por las calles con los pechos al aire, gritando, lo que él pensaba, canciones o himnos.

Son prostitutas pregonando la mercancía, le aclararon sus compañeros soldados, divertidos, y en consideración por ser su primera vez en aquella ciudad de locos, juntaron entre todos sus amigos para pagarle una noche de amor con la muchacha de su elección. Que resultó ser, una  bella más joven que él, pero un palmo más alta, piel del color del caramelo fundido y grandes ojos negros, vivaces, con el cabello ensortijado, y tetas grandes, de pezón morado, ombligo pequeño, y piernas largas y anchas como columnas y un culo caballuno. La oyó discutir con sus amigos, en un idioma sensual como un susurro, el precio, la forma y el tiempo, ella volteó a mirarlo un lo que dura un instante, él sintió una punzada cuando le echó una ojeada de arriba abajo, midiéndolo y calculando,  y les cantó el precio que ellos pagaron sin regatear, en plata contante y sonante, y ella entonces lo condujo, de la mano, a un patio interior con una enorme cama al nivel del suelo, con colgaduras rojas, donde cabían, sin apretujarse, cinco mujeres y dos hombres. Estaba sudoroso, emocionado, inquieto, aterrado, sudoroso, nervioso, pero extrañamente feliz, no sabía lo que iba a pasar, sólo algunas ideas leves, de súbito se dio cuenta porqué la parte más varonil del hombre se erecta como la de los caballos y mulos, y ahí está de nuevo, sin pensarlo tenía una tremenda, pero no sabía que hacer, si acercarse a la muchacha, o acostarse en la cama, si montarla brutalmente, como los bueyes a las vacas, o conducirla suavemente.

Fue ella la que lo sacó de su ensueño, hablandole muy despacio algo que él no entendió, entonces ella dijo, en su mejor nórdico :

Yo quiere saber si amante prefiere desvestir- Porque era una distinción, entre hetairas de mucha clase y entre su selecta clientela, poder desvestir ellos mismos a la chica-

Entendió lo que se le preguntaba y aceptó la sugerencia, pero con dedos tan temblorosos, que para desatarle los calzones necesitó ayuda. Pronte ella estuvo en carne viva, entonces  lo acorraló en la cama, él se sintió presa de sudores hasta entonces desconocidos, la sintió besarlo en el cuello y sujetarle con firmeza la hombría, arriba y abajo, y su piel se erizó. Entonces ella, inopinadamente, se la llevó a la boca y empezó a succionarle con fruición. Fue una noche de proezas, de un diálogo y descubrimiento, del propio sexo, del sexo ajeno, tan asi, que incluso pudo él llevarla al climax un par de veces y al final fue como un solo discurso, el deseo estaba en todas partes, todo lo llenaba, incluso la atmósfera, qué raro, olía a sexo y secreciones. A la mañana siguiente, ella le dijo algo que queria decir que la acompañara.

Fueron juntos a la casa de una señora que ya tenía algunas canas, pero de cintura definida, entrada en carnes y sin duda, bastante guapa. Había varios hombres bebiendo, que al verlo soltaron la carcajada y se  dijeron entre ellos, algunas bromas en su honor, haciéndose las visiones más extrañas. La señora le dió una infusión a ella, y un brebaje a él, que le repuso las energías. Jamás volvió a ver a la joven prostituta que se llevó su inocencia. Sus amigos le explicaron que, cuando los clientes terminaban dentro de ellas, era costumbre que bebieran juntos, el té de ortiga y mostaza ellas, para no embarazarse, y  sus amantes, el aguamiel llamado “semen de burro”, supuestamente para recuperar las fuerzas que exige la gimnasia de alcoba, engañar el  hambre atroz que le daba, y poder levantarse sin la tremenda pesadez del cuerpo.

¿No es costumbre en Nyr que uno eyacule dentro de ellas? -Sí, pero si decides hacerlo, pagas más, incluyendo el abortivo de ella y la emulsión tónica que te da la tabernera. No quiso enterarse a cuánto ascendió la cuenta de la muchacha…

-Señor- entró el halconero, despertándolo de sus recuerdos- Ha llegado un cuervo de Palacio- exclamó, entregándole un rollito de papel.-

Zadkiel lo desenrolló, haciendo un gesto de desagrado.

-¿Hay malas noticias?

-El rey va a testar. Que levanten el campamento. Avisen a Ivana. Partimos al amanecer.

 

Anuncios

Coméntale, es gratis

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s