V El Anciano Rey

Almeric III había nacido en una rancia genealogía de reyes. Su abuelo, el primer Almeric, con fuego, sangre, y dieciséis años, había tomado todo el norte, y con más fuego y sangre las mantuvo a resguardo de las incursiones barbáricas de los Nordmen, aquellos adoradores de piedras, con inexpugnables muros (los aldeanos nunca habían visto muros semejantes), e inició las primeras, tímidas relaciones comerciales. Su padre, en la flor de la edad, había sofocado las revueltas con mano de hierro e impuestos férreos

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Así pues, era evidente que, el muchachito a quien jamás faltó nada, había nacido para ser rey, sino destinado a la grandeza . Ahora, viejo, cansado, postrado en su cama, le atormentaba la certeza de haber perdido a su primogénito en una guerra lejana y dejar el reino, trabajosamente ganado, en manos de su hija, una mujer.

No es que no la amara, o  dudara de ella, es que siempre había abrazado  la idea de dejar el reino en manos de un varón. Las mujeres no son tontas, solía decir, pero son emocionales, cambiantes como la luna y un reino requiere una mano de hierro. Las mujeres hacen excelentes proveedoras,  religiosas devotas, doncellas escrupulosas con la limpieza, excelentes cuidadoras, acompañantes imaginativas e incluso (como si él no lo supiera) políticas persuasivas. Y la muestra está en los isleños del Sur, donde las mujeres habían alcanzado preponderancia en todos los cargos, y que ahora ponían en peligro el reino. Y éste era el punto de discusión con su más fiel allegado y mejor amigo, su camarada de armas Zadkiel; mientras el soldado pensaba que una mujer regente podría traer reformas necesarias , el viejo monarca lo consideraba signo de debilidad y una invitación a que reinos vecinos se decidieran a invadirlos.

Sabía lo que su amigo sentía por Ivayne, cómo no iba a saberlo, si, cuando volvió a verla, Zadkiel esperaba a la misma chiquilla flaca y langucienta, con la carita sucia, y lo que vió fue una nínfula, con esas redondeces, incipientes sí, pero que anticipaban las de una mujer muy bien proporcionada. No vio la cara magullada por los golpes del maestro de esgrima, sino el brillo de sus ojos, no vio el lodo y la sangre de la ropa, sino el porte elegante, no vio las raspaduras de sus rodillas, sino la esbeltez de su talle.

La carita era el único lugar donde seguía siendo una chiquilla, y, sucedió algo que no le había visto en diez años de guerras: su pulso tembló.

Quizá por eso en aquel momento decidió, sin falsa malicia, que su amigo debería cuidar desde entonces de ella, (quién mejor que un hombre bien curtido en la batalla podía instruirla mejor), pero al mismo tiempo preservarla intacta por el afecto de una vieja amistad. Almeric sabía todo eso. Y ahora regresaban desde las tierras heladas. El anciano sentía el frío en los huesos.

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