Me Cogí a un Virgen

confused-girl-2O al menos eso dijo él, y le creí. Le creí porque dudó en tomar mis pechos entre sus manos, hasta que ahí se las puse y los palpó suavemente, casi con temor, le creí porque él no acababa de creérselo cuando abrí mis piernas como una orquídea carnívora en torno a sus caderas recortadas y las cerré como tenazas, atrayéndolo a mi centro, le creí cuando no acertaba a abrir el paquete del condón con manos sudorosas y dedos temblorosos, le creí porque no acertaba a ponérselo. Hace ya tantos años de eso.

Yo también lo era, aunque no tanto. Lo cierto es que él no era ningún menor de edad, tenía 18 años y yo 17 (la menor era yo), pero en todo caso no preguntó nada.

Por supuesto  yo estaba tan o más aterrorizada (la excitación aún así, era  más que la suma de todos los miedos) que él, pero decidí no mostrarlo, cuando me lo metí en la boca; tenía un resabio salado, fuerte, acre como debe ser el humor masculino, y es que entonces yo no sabía que, igual que el caviar, es un gusto adquirido. Por supuesto que a él no le importó nada, soltó un suspirito, aliviado, respirando con la boca como estaba y bañado en su propio sudor, yo contemplando su éxtasis con delectación. Con dos dedos apreté la punta del preservativo como un pezón,  para sacarle el aire, con la otra lo jalé y se lo desenrrollé. Lo mismo que enfundar un hierro encendido, pero el hierro no tiene venas.

Si he de ser fiel a la verdad, la primera vez no acertó (a algo, en fin, tendré que ser fiel, porque ni a mi misma pude), pero casi nadie acierta esa primera vez, ambos mortalmente nerviosos, él en carne viva, una química innegable, fue hasta la segunda o tercera estocada, que embistió, y lo sentí, entonces sí, con tanta seguridad, ocupando mi espacio, abriéndome, llegando al fondo de todo placer, llenándome.

Me agradó “verlo” hace relativamente poco; vestido simplemente con jeans y una chamarra de motociclista, una barba de dos días (pero bien perfilada) que lo hacia ver descuidadamente guapo.

Cuando le hablé, la voz le salió como un estertor nervioso, cuando lo toqué, tembló, cuando lo besé, supe que sería mío. Había estado trabajando en su cuerpo, pues a los treinta y cinco años tiene un cuerpo que ya quisieran muchos de 20; el pecho duro, el trapecio, definido, las nalgas firmes, el hueso de la cadera perfilado,  su vientre tenso, y a pesar, de no tener aún marcados los famosos “cuadritos”, ps si se notaba el esfuerzo.

“Ah, pero querías chingar, ¿no? ¿No viniste a eso, cabrón, no viniste a chingar, puta madre?“, le gritaba yo minutos después,  mientras me empalaba en él con insania, con odio y total impiedad, para con él, para conmigo misma, mientras él se debatía por aguantar el clímax, “sí, vine a joder”, viendo la imagen de mis nalgas devorándolo en un vórtice de placer, multiplicada por los espejos de la habitación a media luz, en todos los ángulos.

Acostados, desnudos, lejanos. Nunca fui consciente de cuánto terreno había perdido emocionalmente. Sabía que irme iba a ser doloroso para él, pero nunca pensé que sería más doloroso para mí. Soy tan virgen.

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