¿Y tú que &%$ estás mirando?

10153788_280456375457278_237748925702688337_nTe pillo mirando mis tetas.  La verdad es que no te culpo; son unas tetas bastante bonitas; no son enooormes, monstruosas, pero tampoco  pequeñas, tienen, digamos, un tamaño que abarcarías con las manos (tetas ergonómicas, jajaja); son redondas, con su pezón ligeramente oscuro que se eleva, orondo…¡Bueno! Qué puedo yo decir,  es una escena tan vieja como el mundo; una mujer sentada en el camión, leyendo (o fingiendo que lee), y el hombre frente a ella, de pie,  en un ángulo idóneo y yo, sintiendo el calor de tu mirada que perfora tela y prendas, que se detiene en la curva rotundamente insinuada, en la piel entre los pechos, tan delicada, la areola apenas bordeando las costuras. Siento tu mirada no como un manoseo grosero, sino como una caricia suave y envolvente,  lentamente me despego de la lectura, y miro hacia tí, voy subiendo poco a poco, primero el pantalón (¿es eso una erección incipiente?), luego la chamarra de piel sobre la camisa (vas muy bien vestido para ser tan casual) y finalmente sí, ahí estás tú. Vaya, eres bastante guapo, y tu sonrisa es abierta y sincera, tanto que sonrío yo también antes de escuchar tu voz, tronadora, viril:

-¿Usas mucho este transporte?

-Sí, todos los días, ¿y tu?
-También. ¿Qué haces saliendo de aquí?
-Nada, sólo voy a casa.
-¿Es muy lejos?

-No; Me bajo en Buenavista, ¿tú?
-Álvaro Obregón.
-Ya estás muy cerca
-Si

El sol se esconde tras la ciudad y lo vemos fenecer en lontananza, con un cielo de rosas intensos y azul casi púrpura. Bajamos de la mano, acepto ir a “tomar algo” contigo, esperando que ese “algo” seas tú, y caminamos por el viejo andador de mi juventud, incansablemente recorrido. Sin saberlo, ya estamos frente a tu casa la calle, es Obregón, el número; 190,  una bella construcción de las primeras, de una sola planta, con varios departamentitos simpáticos.

Entramos abrazados (aunque no recuerdo cómo llegamos ahí) los dos estamos ardiendo, tú no atinas a encontrar el interruptor, y todo está a oscuras, tropiezas con una mesita, y morimos  de risa. Caemos en tu sillón en medio de un beso, tu lengua saborea todos los rincones de mi boca. Con tus manos, inicias una caricia tímida, insegura, sobre mis senos. No es sino hasta que subo toda la blusa hasta mis axilas, mis tetas caen con un suave rebote y siento el frío de golpe; mis pezones se erizan, y tratas, sin lograrlo, de abarcarlas con las dos manos mientras tus pulgares juguetean con ellos.

-No podía dejar de mirarlas en el camión.
-Lo sé; me dí cuenta.

Nos reímos otra vez, pero no mucho antes de que te lleves un pezón a la boca, el derecho, y empiezas a chupar con fruición, mientras con tus dedos, pulgar e índice, pellizcas el otro. Debes saber lo que estás haciendo porque noto cómo me humedezco, mientras tu bragueta ardiente amenaza con reventar. Me estás bajando los jeans deslavados mientras yo no atino a rasgar el empaque metálico del condón, pero es demasiado tarde, me bajas la panti de encaje, y me empiezas a saborear, pones mi pierna en tu hombro para acomodarte mejor mientras manoseas mis tetas. Estoy a punto de reventar cuando te digo que quiero sentirte adento. Te pongo el condon con la boca, mientras lo desenrrollo a todo lo largo con la mano, tu sabor es tenue, ligeramente salado, sabe a almendras, pero apenas paladeo el resabio mientras te siento hundirte todo en mí, empujándome contra el sillón, contrayendo tus nalgas redondas. El sillón hace un ruido, como un crujido, que no me gusta nada, pero ahí estás, empujándome con todas tus fuerzas, con las rodillas junto a las orejas.

-Eres muy flexible-

Oigo que me dices desde muy lejos, pero no puedo contestarte, estoy en otra parte, tratando de contener lo incontenible. y de repente las embestidas, que fueron lentas y prolongadas, se intensifican en un solo crescendo rapidísimo y el crujir del sofá en un solo sonido repetitivo, pero aquello no puede durar, y siento que te embarro con mi humedad, podría jurar que siento tus pelotones chocar en mis nalgas, empapados, escucho el squish squash. Me cuelgo de tu cuello antes de decirte:

-Te quiero abajo, cabrón.

-Así por las buenas, sí.

Estás tirado en el suelo, recostado sobre tu propia ropa, y no pareces ni notar la hebilla que se te clava en la pierna, mientras trato de desflemarte a base de lúbricos pepazos, me restriego, me empalo yo misma en tí, mientras mis tetas  te hipnotizan.

-Todo el camino me iba imaginando cómo botaban tus tetas.. – Entonces piso el acelerador para que reboten “con efecto”-
-¿Y era así como te lo imaginabas?- te pregunto
-No, no… para nada…- No puedes hablar, estás cerca del paroxismo, ahora el que está a años luz eres tú.- No! Espera, así no…-

No tardo en pararme, pero tú me obligas a apoyarme contra la mesa, estoy casi acostada sobre ella, y te siento entrar todo desde atrás, mientras te aferras a mis tetas como a la vida misma. No pasa mucho tiempo para que suceda lo que en estos casos cabe esperar.

Desnudos, sin aliento, los dos miramos al techo, tratando de comprender lo que acaba de pasar. Los dos lo hicimos como animales. Y no puedo quitar esta estúpida sonrisa. Me visto como puedo, buscando a tientas mi blusa en la oscuridad casi absoluta, mi suéter, las pantis que (¿cómo llegaron a la lámpara de piso?) Me acompañas de nuevo a la estación, en el camino nos damos entre seiscientos y setecientos besos, pareciera que no hubiéramos cogido nunca, en lugar de haber cogido como nunca. No me decido a tomar el camión. Dejo pasar uno. Y otro, y otro y otro. Me rodeas la cintura, se ve que te cuesta dejarme ir. Soy yo la que empieza a despedirse.

-Me gustó mucho lo que me invitaste a tomar, estaba MUY rico.
Sueltas la carcajada.
-¿Volveré a verte otra vez?- me dices
Pasa en ese momento el camión, Mi camión.
-Yo que tú, lo pensaría, porque… YA SÉ dónde vives- Nos reímos por última vez, mientras se cierran las puertas.

No nos volvemos a ver, jamás.

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