Jean “El Angoleño”

279751-ay_papi_Alors, parlez-vous francais?

-Pas francais, c’est creole…

Así fue como supe que Jean no era, como sugería su apodo, “angoleño”, sino haitiano, y que la sensual lengua que yo había supuesto francés, era en realidad, criollo.

Jean trabajaba como pinche en un restaurante italoamericano, y estudiaba mecatrónica en el Poli. Su hermoso color ciruela debía ser por lo menos llamativo, pero siendo México un país tan racista, seguramente pasaba desapercibido, y a lo mejor, hasta discriminado. Había llegado, junto con su amigo, de nombre que jamás pude pronunciar, pero a quien llamaban simplemente “Ollie”, mucho antes de la catástrofe en la isla.

Siempre que iba me los encontraba, y no tardé en darme cuenta que los dos antillanos se quedaban mucho tiempo más que el sugerido conmigo. Yo no quería tomar partido por ninguno, los dos me parecían guapísimos (cómo elegir entre Will Smith y Lenny Kravitz);  y de hecho los habría tomado por hermanos gemelos: correosos, esbeltos, con un hermoso cráneo y cabello rizado que formaba anillos cerradísimos  en sus cabezas afiladas,  ojos enormes, elocuentes, dientes blanquísimos.

Mirando al techo, desnuda, miré sus cuerpos desnudos, que parecían esculpidos en chocolate. Va a ser medio difícil zafarme sin que se den cuenta, Ollie me había rodeado por las caderas y sentía su miembro, fláccido, entre las nalgas. Jean se había dormido con mi pezón en los labios. Va a ser muy difícil.

Camino a casa, quise recordar en orden todo lo que pasó. Habíamos follado, valga, como en una orgía de negros, cierto, pero no sólo eso. Al parecer la temática porno está sobreexplotada, al parecer todo el mundo espera que se comporten como animales ¿qué acaso los blancos no lo hacen?, miré sus palmas, que eran tan pálidas como las mías, miré sus glandes, que eran  casi rosados. Ollie tenía unas manos de ángel, con las que sabía dirigir y guiar a una mujer en la danza horizontal, marcando el ritmo, pero con una suavidad inesperada; Jean me decía unas palabras hermosas,  incomprensibles, pero tremendamente  tiernas cuando estaba dentro de mí, “estás deliciosa, adentro está muy suave, y tibio ¿sientes esto, te gusta que haga esto?” creí entender, pronto estuve confundiéndome entre dos pieles que eran una, que se fundían en una sinfonía a ratos tempestuosa, pero siempre cadenciosa; Ollie era un vendaval, Jean era la voluptuosidad misma, y al pensarlo, volví a sentir sus dedos, como si estuviera dentro de mí, los sentí incluso moverse dentro de mi vulva con una deliciosa violencia. Debe ser un acto reflejo, pensé, como cuando a quienes les amputan un miembro, “sienten” calambres, dolor en la mano ausente, en el pie fantasma. Sentía dedos fantasmas, replicando sus movimientos, cerré los ojos y ahí estaban los dos, diciéndome delicias al oído.

No dejo de pensar, que harían hermosos bebés.

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