IV: La Ciudad de Nyr

IV

Al otro extremo del mar, bañada por hermosas costas de mar turquesa,  sobre los acantilados, donde rompían las olas, encabronadas, se alzaba, con sus mil atalayas,  la Ciudad Blanca de Nyr.  Aunque había sido fundada como un puerto en el país insular, desde el principio había sido una ciudad próspera, de buen clima para el cultivo de la vid, la aceituna y la cría del gusano de seda, y era escala obligatoria en los viajes de ultramar, para abastecerse de agua, carne en salazón, conservas, y mercaderías, pero lo fue mucho más cuando el Tercer Valí, Umar Ibn Azuz “El Erudito”, que decidió instalar ahí el centro de su poder, económico y político.

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Ibn Azuz había sido un hombre instruido, que tenía por regla no obtener a través de la guerra, lo que el ingenio  o sus habilidad política y alianzas comerciales podrían brindarle. Se rodeó de hermeneutas y leguleyos, de poetas y arquitectos; el resultado fue una hermosa ciudad blanca  de puertas redondeadas, escalonada, con pasajes de la historia pintada en la barbacana; la vida tribal en el desierto, la iluminación , la ascención;  de grandes jardines y bancas a la sombra de palmeras, y calles arboladas y cuidadosamente trazadas, pensadas para dar largos paseos a pie, un sistema hidráulico moderno que permitía tener fuentes de agua fresca para el viajero cada cincuenta metros,  pues, los nyritas, grandes amantes del agua,  habían tenido un pasado difícil, primero como  nómadas errantes en cruentos desiertos, y luego como mercaderes a merced de asaltantes y asesinos, a través de inacabables  y  dunas y tormentas de arena, guiados sólo por las estrellas en el desierto que jamás era el mismo, hasta encontrar este oasis, donde  pensaban ser agradecidos por todas las bondades recibidas. Construyeron maravillosas universidades y templos, mercados y madrasas, terminados en cúpulas, sus casas eran altas,  frescas e iluminadas. Ahí estaba el lugar donde los dioses se manifestaban, y también el lugar de su ascención.

imagesEl zoco estaba trazado en el corazón de la la ciudad, con minuciosa planeación. Por sus pasillos, ordenados por mercaderías, se maridaban los olores de los vinos especiados, el de la naranja y los dátiles, el de los pergaminos,  la salmodia de los predicadores, y se turnaban los poetas, las bailarinas de doce años con el vientre desnudo y saltimbanquis con el truco de arrojar la cuerda al aire. La cuerda se tensaba, como si un genio invisible la sostuviera desde el cielo, y el saltimbanco entonces trepaba por ella.

El príncipe mercader Malik  por alguna razón, lo había pensado en espiral, de modo que era sencillo entrar en redondo, por la Calle de los Orfebres y oír el tañer del metal contra el yunque, ascender  en círculos concéntricos por la Calle de los Vinateros, oír el clamor de los vendedores, y llegar a la Rotonda de los Floristas, que igual vendían flores con forma de una apetecible y sonrosada vulva femenina,  del cual se extraía un filtro de amor infalible, sabiéndola macerar (decían que con la saliva de un amante apasionado y apenas con las puntas de los dedos), o frutas con forma de miembros masculinos enhiestos, curvados y muy dotados, con un tenue perfume, para el vigor sexual de ellos y para aumentar el éxtasis de ellas, pero también animales exóticos,  y pájaros parlantes, alfombras voladoras y lámparas de aceite con las que engañaban a los incautos, pomadas mágicas  para aumentar el entusiasmo, o prolongar la agonía, pócimas para reconquistar a la propia esposa, aburrida o desegañada, o bien hacer sucumbir a la ajena, indiferente, perlas sexuales, fundas con formas estriadas para el pene erecto, semillas y nueces para aumentar la fertilidad o llevar el embarazo a buen término, y velas y embrujos para partos difíciles o más bien para que fueran rápidos y seguros, o emplastos preventivos de mostaza o abortivos de ortiga y tanaceto  (la cesárea, en cambio, se consideraba una práctica propia de pueblso bárbaros y un acto  contra el cuerpo), y en fin, todo aquello destinado a los goces sexuales.

Los nyritas también habian escrito numerosísimos y muy concisos manuales de amor, con ejercicios de relajación y respiración prácticos, cómo llevar a una mujer al clímax repetidas veces, cómo sostener un esfínter, o aguantar el último estertor del goce, cómo complacer, en el caso de las féminas, oralmente a sus maridos, y finalmente, cómo culminar juntos el acto sexual. Se adjudicaban el primer texto erótico con fines didácticos y algunos, incluso, sostenían que los placeres de alcoba eran también una forma de aproximarse a dios, por lo que recomendaban acudir a ello con tanta regularidad fuera posible. Su devoción al sexo sólo era comparable con su devoción al agua.

arabic_interiorEran alrededor de las tres de la tarde,  a la algarabía se sumaba el olor de la miel que rezumaban los dátiles, el cuerpo de un  joven vino especiado,  flotando en el ambiente, una vaharada de opio,  la carne friéndose en un puesto ambulante, el tenue olor a almendras del sexo masculino, apenas perceptible para un olfato entrenado, la risa de las muchachas al sentir sobre sus pechos la mirada de un hombre en especial.Arabian_int

El barullo llegaba hasta una palaciega casa de las más altas y de difícil acceso en el pedregal de roca volcánica. El patio de atrás daba al acantilado, y las columnas y el piso eran de mármol,  con una depresión  cubierta de tapices y cojines. En el centro, sentado y vestido con una sencilla túnica, estaba Qoja Husseyn, sin turbante y departiendo con algunos hombres, definitivamente mayores que él, y tomando la comida consistente en unas albóndigas de garbanzo con un pastel de carnero, que unas mozas jóvenes con los pechos al aire, como era usanza y costumbre en Nyr,  les servían en platos de caolín de Katay. Al fondo un bardo rasgueaba con desgano un laúd.

Qoja Husseyn era el hombre que hacía cinco años había apostasiado contra Los Antiguos, proclamando por las calles y los pueblos Arrepentios, arrepentíos, arrepentíos, y vendiendo la novedosa idea de El Único, un dios que englobaba las potestades de todos los viejos, pero que,  en un acto de exquisita humildad, le había concedido a él, un pobre caravanero de dromedarios,  una rebelación, y las ciudades, necesitadas de fe, se le entregaban con las puertas abiertas.

Qoja Husseyn era un hombre iletrado, lo cual resultaba muy conveniente, ya que las letras se consideraban en sí misma, una revelación, un regalo divino, y no había manera de que él, pudiera falsificar su testimonio, siendo analfabeta, lo cual no era una total rareza entre la gente de extracción sencilla. Había vivido la difícil vida de los nómadas, llegado a la venerable edad de treinta y tres años, en que ya podría considerarse un venerable patriarca, y nunca habia sucedido nada relevante, nada, excepto esa única revelación; pueblos enteros lo recibían y se sometían al nuevo credo. Único signo de su poder, una  moza de doce años,  del color de la ciruela, con ojos de pantera y el porte de un general, y una expresión de sobriedad que no le iba bien siendo tan joven, le llevaba a la boca perlas en vinagre, tan negras como la piel de sus pechos mínimos, pero que Qoja Hussein parecía disfrutar con delectación.

En eso estaban, cuando las puertas de sándalo se abrieron, y Zuleym  atravesó la amplia habitación. Una rápida mirada de Husseyn recorrió a  los visitantes, y a un  tiempo, todos salieron. Vestía solamente una vaporosa falda esmeralda, que dejaba ver las piernas, largas y maravillosas como columnas,  y que resaltaba el fuego verde de sus ojos, con un enredo de perlas de veinte vueltas al cuello y  los pechos de bronce, firmes y duros, al aire.

Zuleym  era, junto con Qoja, una soberbia representante de su raza, y compartía con él sus rasgos; , hermosos hombres y mujeres de piel broncínea, cabellos negros muy ensortijados y barba tupida en el caso de ellos;  cejas pobladas y larguísimas pestañas, en el caso de ellas, de ojos expresivos y vivaces, como enormes almendras verdes, y que hablaban un idioma susurrante, pero no así su clase social, que ciertamente le había permitido estudiar junto a Abu Izmir, que se había convertido en Gran Khalifa, y junto a Yibril Ibn Aruz, un joven hermoso, de ojos de agua viva,  que, según la Tradición, se convirtió en uno de los Diez Sabios a la edad de veinte años, pero cuya perdición, decían, eran las mujeres y el vino.

Al morir Hasán, su primer marido, le dejó la fortaleza de Ibn Kabir,  y una fuerza militar considerable. Al morir otro, le dejó sus galeras y los negocios que ello le reportaba, y se descubrió como una de las mujeres más poderosas de Nyr. En la religión antigua, podía escoger tantos maridos como hombres quisieran dividir sus posesiones con ella, incluso al mismo tiempo, pero ya había desposado a demasiados,  y no quería considerar tomar otro, sin la inversión significativa y la influencia comercial que ello le reportara. En cambio, decían, tenía innumerables amantes, no sólo hombres de poder,  escribas, doctores de la ley, sino gladiadores, militares, e incluso esclavos. Nadie sabía, exactamente, cuántos años tenía.

Pero después de un largo periodo de paz, durante el cual la medicina y el arte tuvieron un florecimiento desaforado, Zuleym se aburría en la casa del acantilado, que había sido una extravagancia de otro de sus tantos maridos. Lo que necesitaba era una guerra. Si Qoja Husseyn le daba un pretexto, santo pretexto, santa guerra. Aunque no creyera en sus historias.

Espero que haya tenido lugar una reunión fructífera, dijo ella, en cuanto los dejaron a solas y la puerta de sándalo se cerró, Oh, mi señora, grande donde las haya, varios Señoríos de los Caballos se unirán a nosotros, y el Duque del Gran Azul, ha prometido  tener al punto naves y galeras de guerra. Ella lo miró de soslayo, Creí que nos limitaríamos a las islas que forman el continente, dijo ella con firmeza, En principio, sí, pero no únicamente, y chasqueó los dedos. Vronn, el eunuco, apareció como invocado con un gran cilindro. Lo abrió, desplegó una cartografia y con la misma rapidez con que había entrado, se esfumó.  Si podemos financiar una expedición al Lagrimal, continuó él, podríamos  tomarlo como una base, y de ahí hacer otra que atravesara el Río de Lobos,  Con qué objeto, dijo ella, si más allá del Rio de Lobos no hay nada más que barbarie, Allá en Iskander, vive el viejo rey Sigrid, sin heredero, ya que su hijo fue muerto  por las Amazonas,  Las Amazonas son un cuento, repuso ella, al igual que las criaturas de Finisterre, allá sólo hay frío y desolación, Entonces no tenéis nada qué perder, No tengo nada qué ganar, allá es difícil cosechar más que cebada, no tienen tecnología, ni mercancías de ninguna clase, Se tienen a ellos, es una mercancía invaluable.

Zuleym calló. Había prestado oídos a este falso Profeta porque estaba aburrida, y porque lo vio como una sana oportunidad comercial, pero le pareció que Qoja iba demasiado lejos. La esclavitud fue abolida en Nyr hace mucho tiempo, se consideraba propia del norte barbárico, y Nyr se consideraba una ciudad moderna, civilizada, de modo que articuló finalmente, Sólo los norteños comercian con personas, Pero Vos misma lo habéis dicho antes; estos no son personas, son bárbaros.

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