III: Zadkiel

III

No se podía decir de Zadkiel fuera un hombre especialmente guapo, nunca lo fue. Por si eso fuera poco, las múltiples batallas en que había sido, pieza clave de la victoria, le habían dejado cicatrices, que lo afeaban aún más, le faltaba un pedazo de oreja, allí donde dieron un hachazo que no lo degolló, porque La Jinete no lo quiso, una cicatriz en la mejilla, de un corte del que por fortuna salvó el ojo.

Es cierto que anteriormente había servido con lealtad a padre y a hijo.

Acostado sobre un montón de paja, lo habían puesto junto con los perros, que era, en tierras del norte,  un privilegio reservado a los niños y las personas importantes, ya que guardaban el calor muy bien. Ciertamente Almeric era su rey, pero antes que eso, era su amigo. Recordó cuando la corona, era para Almeric aún un futuro incierto; recordó la lejana juventud de ambos, defendiendo el reino del primer Almeric. Todos dormían, arrebujados y apretados unos contra otros, y ella, a unos pocos metros de él. Arrojó otro leño al fuego.

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En la batalla decisiva, Almeric, llevado como berserker, a un estado de éxtasis por la victoria inminente, se aventuró a una fortaleza mucho más de lo que aconseja el buen juicio, lo suficientemente cerca de los arqueros. Sigrid no lo sabía, pero estaba destinado a morir ahí. Sólo Zadkiel pudo ver al arquero escondido, se adelantó al designio de los dioses,  y la saeta ciertamente lo hubiera matado, de no ser porque La diosa del Cuervo, la desvió unos centímetros.

Pero dio contra  una costilla. lo llevaron, herido, y Almeric  personalmente lo vigiló. Ahora sí tienes que ser rey, le dijo en broma a su amigo, aunque sentía que sus horas estaban próximas. Almeric intentó sonreír. Un Caballero de la Orden Hospitalaria, que había estudiado con Ibn Sinad, le extrajo la punta, previno la infección y lo cosió. Zadkiel nunca había experimentado tanto dolor, así y todo, aguantó la cirugía sin vino. Le dio fiebre, deliraba,  y cuando estuvieron a punto de darlo por muerto, la costilla formó un quiste, y vivió para verlo coronarse. Con Ragnar experimentó la dicha negada de ser padre, de instruirlo y guiarlo, y cuando murió lo lloró como si fuera sangre de su sangre.

Pero él no llegó a amarlos, como cuando vió a esa preciosa  criatura, casi adolescente, de cabellos rubios trenzados, sucia de sangre y lodo, que sostenía, con fiereza, la espada de madera, y la lengua: Pelea conmigo. Zadkiel tomo la espada de madera, y asestó un varazo limpio en la espalda, en la pantorrilla, y cuando perdió el equilibrio, en la cabeza,  con la hoja, no con el canto. Enderézate, párate bien, y piensa antes. Desde su escondite tras las almenas,  el rey sonrió. Otra vez, dijo Zadkiel, Desde el principio.

Testigo del juramento que hizo a la Orden, al Dios Tuerto, la vio a través de la túnica transparente reglamentaria, que la hacía ver más desnuda que si no trajera nada, los pechos incipientes, el vientre plano, el pubis apenas insinuado,  las nalgas redondeadas, el cabello suelto como una gran cascada aúrea. La vio soportar con estoicismo el corte de la preciosa trenza de oro labrado, que nunca más se dejaría crecer y que él atesoraba en secreto. Presenció su Bautismo de Sangre, la acompañó en su primer victoria, y en todas sus derrotas, y ahora Zadkiel se dio cuenta de pronto, que nunca más vería a esa niña;  tenía enfrente ya a una mujer, de quien, por la edad, bien podría ser el padre, pero ahora, el había jurado amarla y protegerla como a una hermana y  soberana. Sabía que la vida no le alcanzaría para  cumplir ese juramento, sabía que ansiaba amarla, como un hombre a una mujer.

Ahora, era uno de sus generales más valiosos, y  por mucho, su estratega más importante. No podía dormir sabiendo que nunca en vida podría ofrecer nada a quien nació para tenerlo todo, que aunque quisiera, no podría dar a su padre la oferta de matrimonio, porque muy en el fondo, el rey lo sabía, y también sabía que él sabía que la decisión final no  estaba en manos de Almeric, sino de ella misma.

Volvió a pensar en ella ese dia, el dia de su Iniciación, vestida apenas con esas gasas. La sangre se agolpó, su corazón se inquietó,  tuvo una erección tenaz, ardiente, casi dolorosa, como las que tenía cuando sólo era un muchacho, y le impidió seguir durmiendo. Se levantó, con el torso desnudo, y sin importarle el frío, esperando aplacar el fuego que por dentro lo consumía, se asomó por la única ventana.

Afuera la tormenta había amainado, una sombra caminaba en dirección al bosque de los wulvers. Pensó en despertar al escudero, pero ya tenía encima la piel de oso que lo hacía ver aún más alto y corpulento, la espada al cinto y las botas puestas, había dormido con ellas, como todo buen militar. Silencioso como el leopardo de nieve, se deslizó por la salida.

Era imposible que los guardas no vieran a la silueta femenina, ahora la veía claramente; había pasado justo delante de ellos. Quién será aquella mujer y qué hace aquí, a estas horas, de cabellos largos y negros, y vestida tan sólo con una túnica verde muy tenue con la que el viento trazaba sus suaves formas,  caminando sobre la nieve.

El primer instinto fue salir a buscar a esa mujer, pero un hombre como Zadkiel, acostumbrado a reprimir instintos y pasar largos ayunos de alimentación, y de los otros, sólo se apostó en un árbol, sin mover ni una rama.

La mujer ya había alcanzado la ribera del rio, donde había abandonado la túnica, y se bañaba, qué increíble, en el lago helado. Había metido las piernas, pero Zadkiel veía la piel blanca, más pálida que la nieve, los pechos turgentes, el tenue vello púbico, las caderas recortadas. Debía saberse observada, pues pasaba las manos entre sus pechos, se recogía el cabello, acariciaba sus nalgas, como si no hubiera témpanos flotando en el agua.

El ya estaba en la orilla, sin saber qué hacer. Había oído, desde su infancia, aterradoras historias de Bean-nighes, horrendas ancianas de una fosa nasal, que lavaban prendas ensangrentadas en los ríos, con sus tetas flácidas que les colgaban hasta la cadera, como odres viejos y secos, que eran heraldos de muerte, “no hay que prestar oídos a las Bean Nighe”, decían las viejas cuando quería asustar a los niños. Decidió que no era un crío, que la mujer ahí difícilmente podía exceder de la veintena, que ya era bastante hombre para decidir qué creer, y que la muchacha, bean- nighe o no, no lo asustaba nada.

Bajó del árbol, sacó la espada, y con la punta, levantó la túnica. No es el mejor momento para tomar un baño, dijo con aplomo no excento de cortesía. Ella volteó, muy despacio, sin hacer ondas en el agua, como en un sueño. Fue como si la temperatura bajara más. Zadkiel sintió que el frío calaba hasta el hueso, pero no se movió.

-Que el Dios Tuerto te bendiga, Zadkiel de Al Qantar, que haga largos y fructíferos tus días, que te otorgue la victoria para tu señora, pero que no permita que te veas como me ves a mí, sin tierra ni señor. -Escuchó su voz, pero los labios de ella no se movieron.

-Hace mucho tiempo que no escuchaba ese nombre- articuló Zadkiel, con los dientes castañeteando de frío- como puedes tú saberlo

-Te he seguido desde hace tiempo, te conozco desde hace mucho, como ves, sé todo sobre tí, sé de tus temores e incluso… conozco los deseos de tu corazón, dijo ella, calmadamente, mientras salía del agua, y tomaba el vestido.

Es imposible, dijo él con firmeza, y mientras lo decía, dio una  mirada discreta hacia sus pechos-Eres muy joven, mejor dime que haces tú aquí-

Necesito ayuda para vestirme, dijo ella desoyéndolo, Cierra por favor, las correas.

La mujer era muy atrayente, pero la atracción no era algo que saliera del propio Zadkiel, algo que él sintiera, era algo que provenía más bien de ella, pero no sabía saber qué era. Le costaba trabajo resistirse, no era la pulsión sexual, era más bien… como la sensación de estar al borde de un barranco, algo que no calentaba la sangre, más bien algo que las helaba en las venas, y como en un barranco, le costaba sobreponerse a la gravedad y no caer.

Inclinándose, con dedos  ateridos, Zadkiel hizo el intento por desanudar la maraña que se cerraba en el pecho. La mujer acarició los cabellos negros, ensortijados. Eres muy valiente para haberme seguido hasta acá, o … muy tonto- le dijo- Los hombres tienen miedo a este bosque, dicen que es hogar de wulvers y fuegos fatuos…

-No podía dormir, dijo él, Entonces me espiaste, rió ella, como si no soplara el Bóreas, Dime ¿te gusta lo que ves?, Crei… ver otra cosa, una forma fantasmal, ella rió entonces con más ganas. Entonces, ¿estás seguro que no buscabas aliviar… ¿la razón por la que no podías dormir? Él no supo qué decir, se hizo un lío con las palabras, no las encontraba, sus dedos ateridos se enredaban con  los cordones, que se cerraban suavemente en torno a sus pechos.

No te preocupes ,dijo ella,  Será tuya la mujer que deseas, pero cuando la tengas, deberás decidir si eso es lo que quieres-

-Sólo hago lo que me encomendó mi rey, replicó él, mis deseos son obedecer-

-Tu rey está próximo a morir,¿sabías eso?,

-Cómo lo has sabido tú, y un ligero escalofrío corrió por su columna, Ya te dije, sé muchas cosas, sé, por ejemplo, que llegado el momento, ella te necesitará, pero no podrás ayudarla, deberá salir por sí misma, o no saldrá nunca, sigue tus instintos, eso siempre te ha ayudado.

Al llegar a este punto, Zadkiel llegó a su pezón, firme, erecto, mínimo. Sin pretendérselo, pensó en su sabor,  calculó su peso, imaginó su tacto, no se sentía él mismo, lo invadió la sensación de vaciedad, empezó a sentirse mal, pero sin darse cuenta, tenía la boca medio abierta o la había abierto de modo reflejo. Ella lo jaló del cabello, y lo atrajo a su seno, el abrió más la boca para abarcarlo, lo sentía girar en su lengua, lo chupó, escuchó la carcajada triunfal de ella,  sintió el sabor dulce de la leche inundarle la boca… y la cintura de la mujer se estrechó hasta desaparecer en una nube de fina escarcha.

El estaba arrodillado en la nieve, solo, con los labios morados de frío. La bean nighe no estaba ahí. Pasó saliva. Sintió de nuevo el resabio dulce, de su leche, en su boca.

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