La Historia del Sillón

Fue como en el 98, ó 99, íbamos en el CCH de Vallejo, y éramos una banda de delincuentes juveniles de poca monta que atravesaban sus  mal encaminados dieciocho años, figurábamos Carlos Martínez alias El Rambo, quien se creía heredero de la raza aria de Hitler, pero que tuvo en su haber, haber pasado todos los semestres en extraordinarios,  Jorge Hernández,  el Anónimo,  Hazael Morán  El Gato,  Gerardo “Pato”, el wey al que nunca le conocí otro nombre que Elmo (alguien sabe como se llamaba?) Israel Vargas el “Shagadelic”, Ramferi “Rameri” y la más inocua de la banda, su segura servilleta.

El  Rambo nunca entraba a sus clases, se la vivía en los billares que están alrededor de metro La Raza y llegaba bien crudo a (algunas) clases, o de plano no llegaba, se volvía a embriagar  y luego pasaba en extraordinarios. No era pendejo, simplemente era  borracho, huevón y mujeriego.  Recuerdo que un día los dos pasamos con 10 un extraordinario de Historia.

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Pues ese día se habían ido de farra los muy crápulas (no me llevaron), se fueron al billar y a echarse unas cerbatanas, y ya iban de regreso al CCH cuando pasaron frente a una casa. Habían dejado afuera un sillón de esos como loveseat esquinadito, va el Rambo y se sienta. No estaba bonito, tenía estampado de abuelita, pero era perfectamente funcional.

-Vamos a llevarnoslo… (dijo alguien, el Shag o el Gato, los tratadistas no se ponen aún de acuerdo)

-Ah, no mames, qué tal que nos la hacen de tos…

-Meeh, ¿quién deja en la calle un sillón?– La lógica del Rambo era irrefutable.

Todos empezaron a discutir,  (pero no mucho) y al final todos estuvieron de acuerdo, pusieron las mochilas encima, hicieron turnos para cargarlo y todo. Y ahí van cargando por toda Avenida de los Cien Metros su pinche sillón, ante la mirada de la gente. Llegaron a la Central del Norte.

-Y ahora cómo nos pasamos?-

A lo que el Rambo, sin inmutarse, dijo, saboreando cada palabra

– Ni modo: Metro. 

Lo más difícil fue bajar las escaleras cargando el sillón. Cuando estuvieron frente al CCH dudaron; “que se pase el Gato”. Rodearon el CCH por la parte de atrás,  pusieron a tres weyes por dentro, dos por fuera, al Gato subido a la barda, y lo volaron por detrás, donte antes estaba baldío. El resultado fue que el sillón aplastó al Gato.

Lo escondieron cual tanque panzer, con ramas y hojas y la chingada. Hasta hicieron un tratado por quién debía cuidarlo y resguardarlo y todo.

Cuando salí de mi clase fui a “Las Tierras”, (que eran como una copia chica y semidesértica de Las Islas de CU, donde los estudiantes se van a tomar y a fajar), y cuál no sería mi sorpresa de verlos a todos, muy quitados de la pena y sentaditos en su love seat.

-¿Qué pedo con ése sillón?

-Lo trajimos nosotros- me dice muy orondo el Rambo, y me platicó su chocoaventura.

-Pinches lacras, se me hace que una pobre señora ha de haberlo sacado a lavar o a sacudir, y lo ha de andar buscando y ustedes aquí de conchudos…

Hablaron con unos integrantes del Colectivo Covba, y se los dejaron guardar en su cuchitril. Todas las mañanas Rambo y el Pato lo iban a sacar, y en la noche, el wey que se hubiera quedado al último, tenía por obligación lvolverlo a meter.

Total que salimos de la prepa, entramos a la carrera, y cuando íbamos de visita, aún estaba ahí el pinche sillón. Ya ha de estar hasta inventariado.

 

 

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2 thoughts on “La Historia del Sillón

  1. Un día hace mucho fui a buscarlo al Covba. Ahí estaba, con el brazo roto y la tela desleída. No morí, pero ese día algo se quebró en mí :/

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