II: Ivayne

II

Volvió a pie a la aldea. Al andar, sus botas hacían crujir la nieve bajo su pisada, En ocasiones, se hundía hasta la rodilla. No eran aún las siete de la mañana, pero ya había pasado revista a sus soldados,  discutido con los peones el alimento de los caballos, vigilaba la construcción de dos atalayas, había despachado a sus espías en las aldeas vecinas, y se disponía a desayunar, nada del otro mundo, ya que, después de las incursiones de los Nordmen, los Hombres del Norte,  sólo subsistían a base de un caldo de col en salmuera, que con el tiempo sabía incluso bien, y todo el pescado que pudieran comer, cuando fue llamada a analizar la nueva estrategia.cf57930f1e26a3d0aac4f4651ee0cf69

No era nada extraordinario en su tierra de origen,  más allá del Río de Lobos, donde la herencia estaba determinada no por el sexo, sino por la primogeniatura. Sin embargo, las mujeres no estaban obligadas a casarse para ampliar el poderío familiar mediante alianzas, pero sí a defender sus tierras. Podían, incluso, si querían, seguir la carrera militar. Viviendo a la sombra de Ragnar, creció creyendo, con justa razón, que nunca sería coronada reina, que quizá, se le daría a defender un feudo lejano, quizá su hermano necesitaría de su ayuda un día, y quizá, si se destacaba, al frente de sus hombres, le concedieran el grado de Maestre de la Orden, que  tantas mujeres habían ocupado dignamente. O tal vez, se retiraría a gobernar alguna provincia, incluso se casaría y hasta tendría hijos, y gobernaría con su marido. Pero Ragnar llevaba diez años muerto, de una rara enfermedad, que le pegó alguna prostituta,  del piquete de un mosquito tropical, de un lancetazo mal atendido,  asesinado de una pedrada por sus propios hombres que llevaban diez años de incursiones militares, la versión siempre cambiaba, según el narrador, y la época, y ahora la corona era un sino posible.

Extrañaba a su hermano. Ya anciano el padre, él había sido, después de todo, quien le enseño a tensar el arco, a usar la guardia alta, a montar a caballo, a no rendirse jamás, y, aunque a veces él se propasaba con el uso de su fuerza, (la diferencia de edades era muy grande), la hermanita era su adoración.

-Mientras menos dolor me muestres a mí, menor la debilidad que mostrarás a tu adversario. Nunca muestres dolor-

Para ella, en cambio, era su primer gran amor:

-Cuando sea grande, me casaré contigo-

El hermano estallaba en carcajadas, No, vas a casarte con un gran señor, y gobernar y cuidar su feudo. Y un día, cuando esté necesitado, me cuidarás también, le dijo entonces. Recordó las últimas palabras que le diría en vida, Hermano, no me alejes de ti. Sintió sus ojos anegarse de lágrimas. El cielo también lloraba.

Desde lo alto de la aldehuela, se veían en lontananza, grises nubarrones sobre las montañas, desleídos y desgarrados por mil dedos. Debe estar nevando en las montañas, soplaba el Bóreas, mientras un suave rocío caía en su rostro. No le molestaba la lluvia; lavaba la sangre de los combates que  dirigió, sentía en el rostro su beso frío. La nana le había contado, que en los tiempos viejos, no caía agua del cielo, sino que Los Antiguos hacían surgir, por la mañana, una neblina húmeda que rociaba los campos, pero Los Antiguos se enojaron, por la maldad de los hombres, y decidieron hacer caer agua del cielo. La gente no lo creía, qué locura, caer agua del cielo, era tan raro como ver caer tizones encendidos, se quedaron a ver y murieron ahogados, pues llovió por mucho tiempo, y las montañas más altas quedaron cubiertas.

Zadkiel desplegó el mapa frente a ella, aún abstraída, mientras hacía unas mediciones. Acostumbrado a sus desvaríos, Zadkiel era el hombre que por veinte años había servido fielmente a su padre, y a su hermano mientras vivió. Era un hombre alto, de músculos correosos, en el otoño temprano de su vida. Las muchas batallas lo habían marcado, no solamente con cicatrices. Una gran amistad lo unía con el monarca, por haber participado juntos de varias batallas de reconquista, donde dio pruebas irrefutables de lealtad. Después, cuando el primogénito tuvo la idea de emprender la conquista de otros reinos,  Zadkiel fue el primero en intentar persuadirlo contra las Amazonas que ahí vivían, y de las que se decía, eran caníbales, pero también el primero en obedecerlo. Nunca lamentó un error, como haberlo dejado solo, para poder entregar al padre, la armadura de la reina, prueba irrefutable del sometimiento de ésta. Fue entonces cuando el heredero murió.

Ahora tenía, con Ivayne, la insospechada promesa de redimirse, de no ser, porque la fortuna es ciega, y experimentó en cambio una devoción que nunca había sentido por el padre y el hermano.

Y sin embargo estaba ahí, totalmente ajena a los pensamientos de que era objeto,  frente a él, atenta a las posiciones del mapa, estudiándolas con cuidado, dando dos sorbos a la cerveza de trigo, distraídamente cubriéndose con una blanca piel de oso.

-Los hombres de norte se han replegado a sus colinas, de donde no bajarán, si es que consiguen pasar la noche. Toda la guarnición está patrullando, y pronto terminarán las atalayas. No hace más falta nuestra presencia aquí.

-Hoy he visto bajar a tres norteños. Sus motivos no eran nada buenos.-

Zadkiel no era ajeno a las extravagancias de su señora.

– No podeís evitar todas las maldades que siempre acompañan a las guerras. Esto sucede en todas las guerras, princesa, siempre ha sucedido así. No estamos en las tierras de tu padre, donde las mujeres son un preciado don. Este es el norte, salvaje y agreste.

– Todas no, pero, sí las que está en mi mano evitar,-le interrumpió- No me llaméis princesa, pues hice un juramento como vos. Soy tan de la Hermandad, como lo sois vos.

-Ciertamente, pero algún día, mi señora, si el Tuerto es grande,  gobernaréis. Entretanto, vuestro padre os espera, con un regimiento, en la siguiente aldea, a donde debemos acudir, para cerrar, con una falange, y terminar con este conflicto. Esta gente tiene estos problemas todo el tiempo, que El  Tuerto los ayude.

-Pobres de ellos si Dios, el que sea, sólo se queda a mirar, como tantas veces. Ésa es la principal diferencia entre Dios y yo.-

Toda ella estaba temblando de indignación, sus mejillas se encendieron con un rojo violento, Zadkiel no supo si se sentía alarmado, o de súbito atraído por ese color,  pero ella, al caer en cuenta de su blasfemia, se apaciguó.

-Puesto que mi padre y vos ya lo habeís concertado, haced los arreglos pertinentes. Mañana partimos al alba.

Dicho esto, tomó un desayuno sencillo, y la determinación de escoger unos cuantos hombres con la intención de cazar. Llevaban algunos perros, los llamados Mahlemiut, unos perros  peludos, de ojos azul cristalino,  más grandes que el lobo, pero   Ivayne  se hacía acompañar por  un halcón nevado que jamás perdía la presa, aún en la blancura más enceguecedora. En realidad, iba a estudiar las huellas de los hombres del norte. Cazaron un alce, de los que en la región eran raros. Al volver, el día langudecía tras las Montañas Azules.

No le cabía en la cabeza cómo podían darle un itinerario, sin antes haber asegurado la región, y garantizado, algunas seguridades a sus habitantes. ¿Para eso había hecho un viaje tan largo y fatigoso, pasado hambres, para defender a unos aldeanos  infefensos, en el fin del mundo, y después abandonarlos a su suerte? Había que hacer cosas, darles instrucción militar, enseñarles a forjar el hierro, empezar la cría de perros de guardia,  instaurar un gobierno provisional, mejorar los caminos… Nunca podría ser una buena reina, la vida no le alcanzaría, siempre a la sombra de Ragnar, el hijo favorito.

Pero cuando se fue a acostar, seguía pensando en la chiquilla pelirroja.

 

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