Inventando una Lengua Sintética

Cuando era pequeña, me parecía muy natural acudir al Kindergärten, al Jardín de Niños, (porque era un jardín, no? y había niños), sin fijarme en lo hermoso de la sinécdoque; “un lugar donde yo podría florecer”, me encantaba conocer nuevas palabras, pensarlas,  algunas juguetonas, como “libélula”, iba con el objeto que designaba, era algo “que subía y que bajaba”… como el lepidóptero. Niño se me hacía una palabra dificilísima para denotar algo muy sencillo, (y que nada tenía que ver con los niños como “infancia”, “infantil”, “pueril”, “párvulo”, pedagogía, etc).

Pero cuando me dijeron que iba a ir a la “escuela”, me asustó muchísimo. No porque me contaran historias terribles sobre la escuela, sino porque la primera vez que oí la palabra, el sonido se me hacía insólito, incongruente, terrible, en mi idioma. Qué palabra tan fea, no puede significar algo bonito, a quién se le habrá ocurrido, seguramente a alguien que detestaba ir a la escuela, yo le pondría, no sé “casa de muchos niños, “casa donde se aprende”. Hasta la fecha, Tepochcalli me parece más políticamente correcta.

No sería sino muchísimos años más tarde, cuando descubrí que venia del griego σχολή (skholḗ) el sonido que me parecía tan incongruente y horrísono. Para los griegos, en cambio, significaba “ocio”, porque el aprendizaje debía practicarse en el ocio, y además era un lujo de la clase pudiente (los agricultores no podían permitirselo). Y pude entonces,  congratularme, qué horrenda palabra, porque además, nadie diría que está de ocioso en la escuela, en cambio;  colegio me sonaba más apropiado (colegial, colega, colegiado, colegiatura, etc), y hasta “instituto” (“institutriz”, “instrucción”).

Escuchaba las palabras con atención, se me hacían bonitas, otras feas, pero todas atrayentes. Sabía que el café y el naranja, eran colores, pero también sabores, sin embargo el “amarillo” no me sabía a nada. Amarillo tenía que tener por fuerza, otro nombre, piña por ejemplo, “mi color favorito es el piña”, seguramente, debió ser una equivocación del que inventó el idioma. No sabía entonces que las lenguas eran un proceso democrático, y me parecía una arbitrariedad, por ejemplo decirle a uno “español” y a otro “inglés”. Debería ser “españolés”, no? Para que haga juego con francés. ¿y el italiano, cómo le llamarías?, me contestaban mis mayores. Y vaya aprietos que me ponían, pero luego entendí que así no funcionaba el idioma, que tenía muchas reglas, muy antiguas, y me decidí a conocerlas, con apasionamiento.

 

Crear un nuevo idioma, como una necesidad. No soy ajena a los esfuerzos de Tolkien por dotar a los elfos un lenguaje nuevo, diferente, o al esperanto de Lázaro Zamenhof, pero me gustaría una lengua sintética para llenar los huecos que mi propia lengua no alcanza a llenar. Sé que es mucha la pretensión, sobre todo en una lengua tan hermosa como el español, donde son posibles palabras tan hermosas, fonética y significativamente, como Lontananza, Ensimismamiento, Eufemismo, Ningunear, Ojalá, Condescender, Ecuánime, Seleúcidas o que permita la métrica y rima de la Sonatina de Darío.

Admiro mucho de idiomas ajenos, aunque no me gusta el inglés, (yo nunca diría que es uno de los idiomas más hermosos, así en ese idioma se haya escrito todo Shakespeare y Beowulf) aunque admiro su aparente ductilidad, su facilidad de hacer verbos onomatopéyicos (aunque muchos verbos ya existían, antes, en español), del alemán, sus palabras aglutinantes como Schadenfreude, los sonidos violentos del euskera, y desde luego… los sonidos del árabe y las palabras grecolatinas.

Me gustaría un idioma, que hable del amor no como algo que se puede tener, sino algo a lo que se  pueda aspirar, una especie de locura, del perdón no como algo que se “ofrece”, sino como algo que se pide, de las palabras que, insólitamente, no tiene el español (Hijo sin padres, es huérfano, padre sin hijos, eso no tiene nombre), o que no es lo suficientemente explicito ( cuñado designa tanto como al hermano del esposo, como al esposo de mi hermano (o hermana).

Inventar una nueva lengua, como un ejercicio razonado del proceso de comunicar.

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2 thoughts on “Inventando una Lengua Sintética

  1. Creo que el tropo que buscabas en lugar de sinécdoque debía ser metáfora. Aunque «Un lugar donde yo podría florecer» me suena todavía más a metonimia que a sinécdoque, según mis nervios sigue siendo una metáfora. ¡Pero buen artículo!

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