I: Un Regreso

I

Era una mañana particularmente fría de invierno. El sol  perezoso esbozaba una ruta en la que nunca llegaba a estar en el cenit, apenas una tenue parábola en el horizonte antes de meterse. Había que levantarse muy temprano, encender un fuego con la madera seca, seguramente recogida el dia anterior, y poner un perol para cocinar y hacer todas las demás actividades, antes de que oscureciera, a eso de las cuatro de la tarde.

Así transcurrían los días, las semanas. Era la parte más septeptrional del continente, apenas separada por un  angosto canal de Finisterre, el continente de los hielos perpetuos. Pero nadie viajaba a Finisterre, porque nada podía crecer ahí,  Finisterre era el imperio del oso blanco y del leopardo marino, aunque decían los demasiado sabios o los demasiado viejos, Hay cosas peores; bean-nighes, y banshees; emisarios del otro mundo. Si uno caminaba por la ribera del río, en un día claro, se podía distinguir a simple vista la otra orilla, y en la noche, se veía a los Antiguos reunirse e incluso bailar en auroras rosadas y verdes, como dragones danzantes.

La aldehuela no tenía nada de extraordinario, familias de pescadores del salmón, algunos herreros (había hierro, metales) veinte o veinticinco casas arrinconadas junto al cuerpo de agua, lo más lejos posible del Bosque de Espíritus, hogar de wulvers, y fuegos fatuos.  Nadie querría vivir en esta tierra, excepto los hijos de Nemed. Estaban malditos por una Morrigna,  un demonio femenino, y nunca podrían tomar armas para defenderse. Eran un pueblo pacífico, a tal grado que cuando llegaron los caballeros del rey, tuvieron que levantar una empalizada y atalayas.

El verano anterior , los poblados aledaños hicieron a un lado sus diferencias y se habían levantado en armas contra los Nordmen, los hombres del Norte, con tanta energía y velocidad, que el imperio no respondió, o respondió muy tarde, y con una fuerza  desproporcionada. Los rebeldes, se habían dispersado en las cadenas montañosas, aunque sabían que estar a esas alturas, por la noche, y con la temperatura bajando muchos grados bajo el punto de congelación, significaba una muerte segura. El  rey tuvo un último acto de piedad, enviar a su hijo a patrullar la zona. Según una lógica senil, iluminada a su modo, no se perseguía a los rebeldes, pero al que volvía lo decapitaban.

Nadie había visto su cara, pues jamás se quitaba el yelmo. Aunque decían que estaba maldito, que el joven príncipe tenía algo de femenino, de satánico, por tanto, en su belleza. Que el primogénito, murió de una rara enfermedad en las Islas del Amanecer,  en la flor de la edad, poco después de conquistar el mundo conocido, sin poder emprender el viaje de regreso. Tenía 27 años. Que el joven príncipe, había enviado asesinos para liquidar a su hermano. Que lo había embrujado. Que tanta belleza no podía ser de este mundo. Que tanta belleza no podía proceder de los Dioses.

Lo cierto era que tenía unos cabellos rubios, del color del oro viejo,  rapados a la altura de la oreja, como era usanza entre la Orden, y unos ojos intensamente azules, como toda la familia real, con los que, decían, podía hechizar y fulminar.

La muchacha conocía todas esas leyendas. Sus cabellos rojos, ensortijados e hirsutos, se desbordaban en torrente de la capucha. También sabía que, los hombres bajaban a hora prima de las montañas, y, hambrientos y sin haber visto mujer por semanas, saqueaban y violaban a las campesinas, ante la mirada impotente de sus maridos e hijos,  para  volver a subir, antes de la salida del sol. Eso era lo que le preocupaba, pero el hambre de su familia apremiaba. Había  dejado la carne de unas ardillas famélicas a salar, y las pieles a estirarse. No bien dio veinte pasos cuando escuchó la nieve crujir bajo sus pies, sintió el mazazo sobre su cabeza, el sabor de su propia sangre.

Eran tres. Su agresor utilizó la misma maza, para rodear con ella el cuello de la chica y levantarla en vilo. Ella sintió que el aire le faltaba, que sus pies no tocaban el suelo, que desgarraban la falda de tela gruesa, que rompían el tenue abrigo y que unas manos brutales, callosas, pellizcaban sus pezones vírgenes, sonrosados. No tenía aún doce años, y lloró en silencio. El bárbaro más cercano, empezó a quitarse el cinturón, y ella olió el alientro a arenques pasados y a putrefacción que exhalaba su boca desdentada. Le dijo algo en una jerga incomprensible, y que no llegó a terminar, porque, para asombro, más de él que de ella, le salió la punta de una espada, entre  el costillar, y bajó hasta el ombligo, limpiamente. Él emitió un gritito, más de asombro que de dolor,  se quedó mirando cómo lo abrían como a un cerdo, antes de caer al piso. Detrás de él, un caballero con la espada ensangrentada.

El otro bárbaro, que no cabía en su estupor, tomó la gigantesca hacha y se lanzó, con un grito, sobre el impensado salvador. Éste ya lo esperaba con una guardia alta, haciendo tañir el acero de su espada, una gran bastarda, devolvió el ataque con un giro. Se escuchó un aullido, el hacha salió disparada, todavía con la mano cerrada en torno a ella. Por un instante, el bárbaro no sintió nada, hasta que la sangre empezó a manar del muñón, manchando el blanco tapiz de nieve. No vio cuando , con giro del mandoble, le cortó la cabeza. El cuerpo decapitado cayó arrodillado antes de tocar suelo.

El hombre de la maza, empujó a la niña antes de salir corriendo. No bien dio tres zancadas cuando un cuchillo se le fue a clavar, en medio del pulmón, con tanta puntería, que le faltó el aire. Arrodillado, se apoyó en el piso. El caballero caminó hacia él simplemente, le apoyó un pie en la espalda, recuperó el cuchillo y dejó fluir el torrente de su sangre.

-Creí que no era de caballeros asesinar por la espalda-dijo la niña pelirroja-

-Estos no eran hombres, eran perros, y como perros, los maté. No deberías estar aquí sola- masculló- Los peligros del bosque son muchos.

-No puedo evitarlo -contestó la chica- Morimos de hambre, señor.

-¿No puede alguien de tu casa, tu padre o algún hermano, ayudarte?-insistió

-Mi padre murió en la primera revuelta contra los Caballeros- dijo ella, se dió cuenta de su error, pero continuó- Mis hermanos, están en la montaña. Sólo quedamos las mujeres y los ñiños.

-Aprended a luchar entonces.

-No sé, soy  mujer-

El caballero se quitó el yelmo, lo arrojó a piso. Se bajó la cota de malla que le cerraba en el cuello. Era de una belleza subyugadora, la piel alabastrina, los ojos intensamente azules, el cabello del color de oro viejo, rapado a la usanza de la Orden, por encima de la oreja.

Pero la cabeza, qué incoherencia,  era una hermosa cabeza de mujer.

-Nunca me detuvo. No soy tu señor. -dijo, antes de recoger el yelmo y largarse de ahí.baf8c9fd64fe8ed5c61788d073e3e2da

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