Incongruencias

Cuando la gente me conoce, (o entrañables amigos con la fortuna de NO haber conocido a mis padres), asume, en automático, erróneamente, que yo, (lo pongo en las palabras literales que ellos usan), cuando iba en la secundaria, era un desmadre, y pasan dos cosas;

1. Piensan “qué intensa esa morra”;
2. Creen que tuve una infancia fácil, con muchas lecturas, y si bien es cierto esto último, también es cierto tuve la desgracia de nacerles a dos neuróticos.

En primer lugar, la primera gran feminazi que conocí, fue mi madre. No se me escapa el hecho de que, el término fue acuñado por la ultraderecha para, de algún modo, desvalorizar las luchas de mujeres y hombres por equidad, pero sirva para re-significarlo ahora; es que mi madre es una verdadera feminazi, es decir: una mujer que supuestamente se cree empoderada, pero subyugada de facto por el hombre (mi padre).  Digamos que creía en la Moral del esclavo nietzscheana; débil y sumisa, servil,  frente a mi hermano y mi padre (más frente a mi hermano que frente a mi padre), y fuerte y autoritaria, opresora, contra mí.

Yo me dí cuenta desde muy joven que era mucho más inteligente que ella, porque cuando discutíamos, y  no podía argumentar más,  elevaba mucho la voz, gesticulaba muy fuerte, manoteaba,pataleaba, amenazaba, chantajeaba, y si lo creía necesario, golpeaba. Como una niña chiquita. Hasta la fecha lo sigue haciendo.

No sólo eso, sino que repetía conmigo el mecanismo del sexismo frente a mi padre y hermano; es decir,  darles preferencia en la mesa, guardarles los mejores pedazos, (o cocinar expresamente para ellos), exentarlos de quehaceres domésticos, darles la razón cuando se oponía a la mía o me perjudicaba (muy común), escoger en la tele SUS programas, etc. O simplemente dejarlos en paz, dejarlos hacer lo que ellos quisieran. Dejarme en paz, me hubiera hecho feliz.

Recuerdo que mi padre me compró en sexto de primaria un SNES, pero un día, de buenas a primeras, a mi hermano le pareció bien conectarlo a la tele de su cuarto. Si yo quería jugar, tenía que pedirle permiso. Y sólo por el tiempo que él quisiera, es decir, cuando él no estuviera jugando, que era la mayor parte del tiempo. Quizá por las condiciones difíciles que tuvo al nacer, quizá por la accidentada infancia que tuvo, en parte lo comprendo. Pero no lo acepto. La primera gran machista que conocí fue mi mamá. Su gran lección; “Defiéndete sola, porque nadie aquí, lo hará, ni siquiera yo; no lo esperes de mí. El que sea también mujer es sólo una mera coincidencia”.

Y a esto llegamos: mi padre, un socialista utópico que planteaba en su hogar un orden que imitaba al socialismo ruso. Al menos en su cabecita. Así que, sin exagerar, me tocó vivir el totalitarismo de Stalin. Por supuesto, tal como algunos temas son tabú en las familias muy religiosas, en mi casa muchos temas eran tabú; el arte, el cine, la política cuando no se planteaba bajo una óptica marxista; increíblemente, el sexo (faltaba más),  el feminismo, por supuesto era de viejas ardidas; porque la verdadera revolución se alcanza, desde luego, y únicamente, socialismo mediante, tovarisch; productos de consumo como telenovelas y programas misceláneos. El futbol,  era un distractor  social, y por ende, estaba prohibido. Así es. Crecí viendo programas previamente escudriñados por mi madre, (de una moral muy cuestionable) no fueran nocivos. No me estoy quejando, estoy explicando; uno creería que todas las prohibiciones serían por motivos muy diferentes y racionales a los de un fanático… eran igual de dogmáticos.

Un ejemplo muy simple es que (lo recuerdo) teníamos prohibido ver Ranma 1/2, porque según mi madre “podría ocasionar en mi hermano tendencias homosexuales” (?). Tampoco me dejaba ver Los Simpsons. En cambio, dejaba a mi hermano ver Dragon Ball, me imagino que porque era muy edificante y lo “hacía hombrecito”.

Algunas cuestiones, de índole muy otra, me eran simplemente negadas, como me serían negadas, digamos en un hogar cristiano. Uno pensaría que por razones muy diferentes, pero las razones que tenía (o creía tener) mi madre, eran las mismas esgrimidas por una familia creyente, es decir; la música de metal es satánica, el punk y el dark es de resentidos sociales y por eso merece una reprimenda (menos mal que no había emos), los tatuajes y perforaciones, son propios de reclusos (o de indígenas), jamás de personas decentes, el vegetarianismo es una pendejada porque la carne, históricamente, ya lo dijo Engels, ha hecho al hombre, el arte moderno no es arte,  la mejor música de todos los tiempos ya se escribió, etcétera De las drogas, de la violencia, del sexo, no se hablaba, al punto de que a los quince años, no conocía, bien a  bien, temas que eran del dominio de niñas de mi edad, es decir, la menstruación, la mecánica del coito (jajaja, “coito”), la anticoncepción, el goce femenino, del orgasmo ni hablemos… Tenía nociones, pero  todas ellas peregrinas.

No podía, por ejemplo, tener amigos, salir en las tardes a jugar con ellos, jugar basquet, a comprar un helado, de un novio ni hablemos. Mi secundaria estaba en una colonia muy lejana a mi casa, de modo que no conocía a nadie, y nunca conocí realmente a nadie, yo era la extraña y como extraña me trataban; me condenaron desde el principio al ostracismo. Para colmo, iban a recogerme a la salida hasta tercero, cuando todos se iban en grupitos a la feria, a comprar un dulce, a ligar por ahí, así que debo de haber sido una especie de marginada social, una ñoñis.

Para hacer una tarea en equipo en la secundaria, tenía que pedir permiso con antelación. Una vez que la maestra pidió un trabajo de un día para el siguiente, le llamé una de mis compañeras para preguntarle a qué hora la vería en su casa y mi mamá se puso a gritarme y regañarme en medio de la conversación, diciendo que no podía ir a ningún lado, pero tampoco acompañarme. Mi amiga, que escuchó sus berridos durante quince minutos (parece poco, pero es mucho tiempo) me lo dijo. Sintió lástima de mi. Eso fue lo peor: ¿Cómo esta desharrapada,  con techo de zinc y suéter luido, que no conoce a Poe ni en pintura y cree que la Perestroika es una marca de zapatos, puede sentir pena por mí?

Así que, como una forma de rebeldía, tuve un novio fugaz. Ahora que lo pienso, creo que lo tenía más por rebeldía que por amor; tener novio era una idea revolucionaria,  y nadie podía quitármela, y tampoco podían evitarlo, y mientras más defectos le encontraban mis padres, más me emperraba con él y más se los pasaba por enfrente, y ellos más lo detestaban y más sentía que lo necesitaba, todo un vicio circular. Aunque nuestra relación fuera de la chingada, decidí sobrellevarla,  para joder a mis padres.

Un día que me hice un piercing el el ombligo sin decirle a nadie, él se enojó mucho, me dijo, entre otras babosadas, “que mi cuerpo eran tan mío como suyo, que debí consultarlo con él”, etcétera, decidí que estaba hasta la madre del tal novio y lo corté, no sin antes espetarle “Eres igual que mi madre”.

La única música permitida en casa, obvio,  la escuchada por mi padre, es decir: The Doors, Queen, The Beatles, el Tri. Que era mucho mejor a oír, como en otras casas, qué se yo, El Fonógrafo,  Estéreo Joya, la música ranchera, el pop plásticoburgués televiso,  que era la antítesis. Pero ojo: tampoco  había libertad de escuchar, ya no digamos, a The Cure, a Depeche Mode, a Nirvana, Charlie Montanna, o esos “maricas” de Caifanes, o “esos fresas” de Soda Stereo, sino de cambiarle a Rock101, porque todo lo hermoso en la música estaba establecido y era insuperable, escuchar las nuevas bandas era una regresión, casi una ofensa. No concebí mayor rebeldía que escucharlos a escondidas.

También se negaban otras expresiones del arte, se despreciaba a Dalí (y a todos los surrealistas) por ser “estrafalario” y “pretencioso”, a Günter Grass por ser “pro nazi”, a Frida porque el gran tema de su pintura fue Frida y su dolor, (sí, por ser SuFrida)  y a Gustave Doré porque en palabras de mi padre, “era un petit-bourgeois”. Y así podemos agregar, Magritte, Liechtenstein, Pollock, etc.

También descreían de literatos mexicanos como Villaurrutia, Renato Leduc, José Emilio Pacheco, etcétera.

No. Un artista tendría que ser otra cosa, una persona nacida en el seno del pueblo y para el pueblo, un wey formado por la vida, desmadrado por ella, que trascendiera a su destino, el pináculo; José Revueltas.

Así, mi padre se sentía en casa como en una reproducción a escala de la URSS, yo me sentía como debían sentirse los checos en la Rusia de Stalin, con ese horrendo arte. El socialismo no era una opción sobre la cual se podía decir o no, era incuestionable, tal como en otras casas Dios es trino e incuestionable.

Así que no tuve muchas oportunidades de ser un desmadre, al menos no en la secundaria. Pero lo que pude aprender de  entonces fue:  Vida, no vales verga, pegas como niña.

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4 thoughts on “Incongruencias

  1. Vaya si que fue una infancia dura pero tienes que admitir si no hubieras pasado por todo eso no serias la misma persona que ahorita escribe en este blog tan interesante

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