Glass House

Tengo un sueño recurrente, que se ha repetido unas cinco veces en este mes. A veces me da por soñar por episodios, a veces el sueño reinicia donde se quedó la vez anterior, a veces simplemente es una repetición al calco de lo soñado.

Voy por las Lomas (es decir, lo que en mis sueños son las Lomas, las que recuerdo de mi infancia; una colonia pedorra de caserones bardeados,y vigilancia por todos lados, no el centro empresarial y comercial que es ahora); a veces manejando, otras, en el asiento de atrás, con un chofer al volante. El auto siempre se detiene frente a la casa. Me bajo del auto sin decir nada. El chofer espera inmóvil, enmudecido.

La casa es circular, de una planta, aunque sin duda bella, nunca he visto nada parecido. Empezando porque no hay muro alrededor, solo un enorme y cuidado jardín que la rodea. Tampoco parece haber vigilancia, absurdo, ante una casa tan elegante. El territorio es toda una cuadra, casi todo es el jardín, con la casa en el centro, toda de cristal, también los muros, de modo que puedes ver desde afuera hacia los que están adentro, que más que trabajar, posan. Dentro, todo es elegancia, pisos de madera, sillones de gamuza, de un gusto minimalista pero exquisito, ni un cenicero, ni un vaso fuera de lugar, ni sobre los muebles de caoba. La puerta, casi escondida, está metida hacia dentro de la casa, en la esquina diestra para quien ve la casa de frente, siempre abierta, no tiene el nombre de la calle ni el número.

Te hace andar por un pasillo en círculos, hasta llegar a la sala del frente, donde gente exhibicionista trabaja o toma café. Nadie habla con nadie, aunque sin duda, todos se conocen, con la indiferencia de los actores de reparto, saben interpretar su papel de florero sin robar cámara. Tiene la elegancia de una galería de arte, de los muros no cuelgan cuadros, aunque son de un blanco limpísimo, tienen unas manchas de pintura negra, no burdos brochazos, sino salpicaduras calculadas, bien pensadas, con una brocha o con una escoba gigantesca. El muro solo es una obra de arte, como de algún muralista de moda.

Del techo invisible, se descuelgan racimos racimos de lámparas tejidas en mimbre color caramelo, que revelan un color infernal. Por una puerta salgo al jardín zen y oigo: el sonido del agua.

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