Me gustan las sirenas porque NO SON CHIDAS

En estos tiempos disneyanos parece haber una idolatría ciega a las sirenas porque “son bonitas”, salen a tocar el arpa  y a peinarse, jamás muestran las tetas y salvan a príncipes de naufragios, y se casan con ellos y tienen bebecitos y son felices y comen perdices.

A mí me gustaban las sirenas cuando NO ERAN CHIDAS, es decir, cuando comían carne humana, sus enormes tetas eran los idóneos instrumentos de perdición de los marinos que osaban cruzar incógnitos mares y  gustaban de reventar barcos contra las escolleras y congelar la sangre en las venas con sus terribles cantos. En la leyenda de los Argonautas, los marineros se salvaron gracias a Orfeo, en la Odisea, Ulises los salva tapando sus oídos con cera. En esa ocasión la sirena Parténope muere, y en torno a su cadáver se funda la ciudad de Nápoles.

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Las sirenas son monstruosas, no porque sean feas, sino porque, desde Oriente hasta las Cícladas, desde China hasta Irlanda, oír o ver una sirena es un presagio de muerte. Ese extraño sincretismo de mujer pez, sin duda es el ardid perfecto que vieron los antiguos como el más eficaz instrumento de perdición. Tan cercanas al medio líquido, el símbolo de transición de la vida a la muerte, gobiernan las tempestades y vigilan las puertas del Tártaro. Lo cual es apropiado, ya que el agua ha sido el medio par excellance de las virtudes femeninas, tal como el águila y la serpiente son, en mitologías sumerias, griegas y hasta aztecas, principios en disputa, no ya del bien y del mal, sino del sol y el agua, ambos necesarios. Incluso Medusa recuerda el mismo principio, la alegoría de la serpiente como cuerpo de agua.

Otro ejemplo lo encontramos en la monstruosa Tiamat babilónica, sirena que dio a luz a dioses y demonios.

Rara vez se enamoran de un humano, dando a luz hijos híbridos de dedos membranosos, pero el llamado del mar es tan fuerte, que el final siempre es desventurado, con la salvedad de Semíramis, hermosísima reina de Babilonia de quien se dice es hija híbrida de la sirena Derceto con Caístro. Y aún ella, se dice, murió en manos de su hijo, aunque la leyenda dice que ascendió a los cielos en forma de paloma.

Se puede intentar capturar una sirena, si se le roba alguna prenda (un peine, una prenda, un abrigo de piel de foca), pero la furia de ella es tan grande y los resultados tan desastrosos (ahogan al ladrón, causan tempestades), que capturar una sirena es muy mal visto y todas las culturas tratan de disuadir de ello. Sin embargo, desde los tiempos de la alquimia se afirma que la leche de sirenas literalmente levanta muertos por ahogamiento.

En fin, me gustan las sirenas, no porque sean hermosas sino porque; son una fuerza de la naturaleza; abrigan el temor intrínseco y cerval de los hombres hacia una mujer hermosa. Y ellos lo saben.

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