La del Pederasta Impenitente

I.

Hace algún tiempo, formé una sociedad lucrativa con el joven S. quien en ese momento alquilaba y administraba un negocio en el centro, en la zona mejor conocida como la Frikiplaza. Aquí cabe aclarar que era (y sigue siendo) un punto de reunión entre gente de la prepa, universidad y demás fauna nociva.

No soy fan del manga, nunca lo fui, ni pretendo serlo, yo iba más bien por curiosidades, pero en una de ésas, el joven S., a quien yo conocía de años de prepa, me propuso que invirtiera en su negocio, le ayudara, y a cambio me generaría utilidades sobre lo vendido.  Sonaba bastante bien.

Llegaba yo, revisaba el corte de caja del día anterior, lo cuadraba con el dinero y hacía pedidos antes de irme a trabajar. Y así, hasta que llegué a conocer a una amiga y cliente recurrente,  la Srita. Elizabet, Liza, pa los cuates, una chica, casi niña, realmente dotada para el dibujo, y a su novio, el joven Héctor, un neurótico fan de Pinhead, que nunca supimos, bien a bien, qué hacía. Dizque estudiaba cine en una escuela pedorra.

Y fan de todas las cosas raras del mundo. Si mucho me apuran, había conseguido su copia de la trilogía de LOTR firmada por el cast original (es decir, La Comunidad),  se había tomado fotos con  Tarantino, Danny Trejo, Gary Oldman, Stan Lee y un chingo de vacas sagradas, entre otras muchas curiosidades. Una tarde, en que Liza y Héctor se pelearon (siempre peleaban) ella estaba triste, tristísima, decía que se iba a largar con su familia a Monterrey porque tenían muchos problemas (nunca decía cuáles), y que a él lo detestaban por haberla sacado de la casa siendo menor de edad.

II.

Me confesó que no podía con él porque pasaba noches enteras sin dormir, viendo porno infantil. Que ella lo esperaba en la cama y se quedaba ahí, hasta el amanecer. Que había jurado no hacerlo, pero reincidía y reincidía, y que ya le había dado el último ultimátum.

Cuando me lo dijo, sentí la cabeza ebullir de sangre y los ojos arder. Siempre he pensado en quien ve porno infantil como el peor de los crímenes, pero nunca había tenido uno enfrente, ni lo hubiera pensado de ese sotaco, de ese niño mimado. También, me hizo jurarle, que jamás de los jamases confesara el secreto, y que fingiera llevarme bien con él, porque era tan sagaz que notaría el mínimo cambio en mi actitud. Por la seguridad de mi amiga, lo juré. Lo saludaba con mi mejor sonrisa, aunque por dentro decía “Chinga tu madre, pedófilo de mierda”. No pasó nada, el día menos pensado, ella se fue discretamente, no dijo a dónde, no dejó teléfonos ni nada. Lo sorprendió con el departamento vacío, y él nos  sorprendió a nosotros con la noticia.

Pero, como todos los hombres, para el final del primer mes, Héctor ya estaba consolándose con una chava igual que Liza, es decir, recién salida de la pubertad, con la misma carita de niña y el pecho plano, deschichada, y a llevarla al negocio y a pasearla por todos lados. Jenny, se llamaba.

Luego no me acuerdo porque hubo un chingo de cambios, movieron de lugar el local, Héctor se metió al negocio rentando consolas para jugar y mesas de juego,  se integraron al equipo mi amiga Tasha y su hermano Fred, que también vendían los fines de semana a los hipsters en el entonces celebérrimo mercado del andador Álvaro Obregón. Ya no se pone. Extraño las nieves de tascalate.

III.

Hasta que un día, antes de irme al trabajo, me quedé dormida en uno de los sillones que teníamos. Cual no sería mi sorpresa, que me despertara Liza. Nos abrazamos emocionadas. La había traído Héctor, quién si no, por que la había ido a recoger al aeropuerto, y le dio cobijo en su casa, según dijo. Cómo le habrá hecho con su párvula, quién sabe, porque llevaban meses viviendo juntos. Al salir del negocio, se besaron. No me gustó nada, sentí que me metían una botella de vidrio por el culo y de un golpe en el estómago me la rompían dentro.

Fred entonces me dijo: -No mames, Héctor ya está besando a su “amiga”, qué poca madre, pobre Jenny.

Obvio,  él no sabía la primera parte de la novela. Es que es su ex, le dije.

IV.

Y así, hasta que un día ya no pude seguir yendo al negocio. Pero Hector andaba muy prendidito, había conseguido un préstamo con  intereses usureros y compró un chingo de  consolas de tercera mano. Y que S. le suelta el negocio. Me encargó: Ve a echarte un clavado, ve a  ver cómo se portan mis niños.

Fui, por tantos años de amistad y por tanta ayuda que me había dado cuando  yo no andaba bien.  Y de buenas a primeras, en la compu principal, que veo una carpeta llamada Hec. Me dio mala espina. No era nada del otro mundo, podían tener sus carpetas con imágenes de lo que quisieran, y al medio mes o así, se borraban. Pues me metí a hacer limpieza, y sí.

Si en algún momento dudé de Liza, quedó resuelto: fotos de niñitas. Así como se acostumbra en el porno de adultos, primero la chava con ropa provocativa, luego hilos hundiéndose entre carnosidades, cada vez menos ropa, hasta que quedaba desnuda y con la misma expresión morbosa, la misma pose exhibicionista de sus partes imberbes, sin vello. Cuando me dí cuenta que la niña, por su edad, podía ser mi hija, algo se quebró, otra vez,  en mí. Y no ha cicatrizado.

Le llamé a S. Me dijo que no hiciera nada, pero que tampoco hablaría con él (!). Parecía no darse cuenta, que el silencio lo hacía cómplice, que si salía de nosotros, y alguien decidía examinar la compu (al final era de él, aunque no hubiera bajado las fotos), podían inculparlo de lo que se les ocurriera. Parecía no saber lo que les hacen a los presos en el botiquín cuando entran por abuso infantil. Pensé mil cosas. Ninguna buena.

Le llamé a Tasha. Le expliqué que no podíamos dejar  las fotos ahí. Bórralas, me dijo, pero déjale un recado. Claro, cómo no se me ocurrió. Le dejé una nota “La pornografía infantil es un delito”. No volvimos a tener un incidente de este tipo.

Y V.

Por razones ajenas a la bronca con Héctor, y que cada  vez se llevaba peor con Tasha y Fred a raíz de lo ocurrido, dejé de ir. Había mucho trabajo y me resultaba imposible darme una escapada para echarles un ojo. También mis amigos  estaban pensando huirle y Héctor pretendía que S. le traspasara el local.

Antes de despedirme de todos, hablé con Héctor. Le pregunté si necesitaba ayuda, si había algo que pudiéramos hacer por él, si tenía que decirme algo. Nada.

-Pues yo sí tengo que decirte algo. Creo que le debes una disculpa a S. por las imágenes que guardaste en la compu de él…

-Pues entonces yo creo que todos ustedes me deben una disculpa por haber abierto mi carpeta, que es personal.

-Sí, pero donde las tenías no era de tu propiedad. ¿Te  imaginas el pedo en que lo metes si esto salía de la banda?

-Pero la máquina la tenían para uso de todos. Giselle (una chava que trabajó con nosotros, y que tenía la cara llena de piercings) siempre tiene a sus encuerados…

-Mira. En primer lugar, la limpieza se hace en todas las carpetas, también en la de Giselle. Pero ella nunca nos ha hecho cosas como subir menores de edad. Y sí, es para uso de todos, pero referente al negocio.. ¿o qué, también te dedicas a eso? ¿También es tu negocio?

Tuvo que admitir que no. Pero entonces se lanzó apasionadamente con una discusión bizantina acerca de quién sabe lo que está bien y lo que está mal, que es algo que cambia con los tiempos, que la moral es cuestionable,  que la prostitución infantil ha existido desde siempre, en todas las sociedades y que eso lo convierte perfectamente en algo natural y justificable, que sociedades modernas como el Japón lo saben y lo entienden y por eso hay lolicon, que las chavitas que posan así lo hacen libremente, y en el ejercicio de sus facultades,  por ganarse una súper lana y viven como princesas y demás sandeces.

Jamás intentó retractarse, jamás vi el menor ápice de culpa o arrepentimiento, sólo aceptación del hecho como algo natural y cotidiano. Tenía un singular talento para decir que lo que hacía no sólo no estaba mal, sino que yo era la retrógrada y la  cerrada de mente, y que Tasha y los demás éramos unos mochos persignados.

-Pues ,en Japón, no sé, pero en este país, es ilegal y está penalizado. Y la próxima vez que  sepamos algo  de ti, no vamos a ser tan tolerantes. Si no hicimos nada, no fue por protegerte a tí, sino a S. Que te quede bien claro.

Jamás lo volví a ver. Por supuesto, en el local todo el mundo se enteró, Tasha, Fred, Giselle, Liza. Y él fue corriendo a contarle a todo el mundo que lo corrimos porque le teníamos envidia.

*Nunca he hablado de esto. Si ahora me decidí a hacerlo, es porque ya no peligran las personas relacionadas.

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5 thoughts on “La del Pederasta Impenitente

  1. Que historia fuerte!! No se si yo habría reaccionado de forma tan pacífica, seguramente lo habría molido a golpes. Gracias por compartirlo, muy interesante. No apruebo la pornografía infantil ni sería tolerante… saludos!

  2. Gracias. Ganas no me faltaban, pero si lo hice por consideración a que no le pasara nada a mis amigos… Es difícil juzgar a esas personas por posesión, hay que demostrarles algo, suelen salir con una fianza, y la única persona que podía declarar en su contra (el dueño), no quiso para evitarse problemas…

  3. Ja ja ja ja, jamas creí que esas personas salieran a la calle como si nada, las imaginaba encerradas en sotanos, viviendo con sus padres a los 40’s y asi… caras vemos!

  4. Si algo es cierto es que la moral efectivamente es muy voluble… y que conste que ni apoyo ni defiendo este tipo de conductas, para un entendimiento mas critico lease genealogia de la moral de Friedrich Nietzsche, lo que si es que yo no hubiera esperado o dejado libre a esta persona, creo que debieron denunciar ya que si bien en esos momentos se limitaba (o eso aparentaba) a solo ver videos, fotos etc de menores nadie garantiza y es casi seguro que tarde o temprano trate de abusar de un menor… eso es mas cañon aun pasar de lo “pasivo” a lo activo… en fin en este mundo hay de todo y seguro nunca se vio apenado ni con remordimiento por lo que hacia precisamente porque para el era correcto lo que hacia, cosa que para los demás no, algunos por prejuicio inculcado otros por alguna razón mas elaborada y meditada.

  5. Claro, sin embargo lo que tenía a su favor es (nada pendejo) que el equipo que usaba, no era de él sino del dueño, para uso de todos, y en cualquier momento pudo desafanarse e inculpar a alguien más. Si hubieran sido en su equipo, y hubiera forma de demostrarle que él las había bajado, sin dudar lo hubiéramos denunciado.

    No es tan fácil, a estos chicos tienes qué demostrarles algo, y generalmente salen con una mordida, y los principales afectados (y afectadas), que es a quien correspondía, no quisieron denunciar, ya por temor o por las razones que hayan sido…

    Además, no lo hicimos por temor a que tomara represalias con las chicas, (en ese tiempo, eran menores de edad) con quienes vivían.

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