La Mentira

Los dos éramos jóvenes, bellos, e incansables, pero en la prepa todo el mundo lo es. “Yo supe reconocerte entre la montonera, aun cuando todas eran jóvenes y hermosas”, me dijo. Me recitó a Benedetti, me bajó la luna y las estrellas, y cuando ya iba a contrataacar con el poema 20 de Neruda, le espeté: -Bueno, y ¿a qué horas me vas a fajar?

Fornicábamos con singular alegría, tres o cuatro veces al día, según se pudiera y se prestara un salón de clases abandonado, una calle solitaria, o la ausencia de los padres en casa de uno y otro, pretexto nunca faltaba para estar echando pasión. Fornicábamos como si fuera la primera vez, como si no hubiera mañana.

El reciente descubrimiento del propio cuerpo, el del otro, era una obviedad tan natural que nos asombrábamos de no haber descubierto antes nuestra sexualidad y queríamos repetir el milagro cuantas veces se pudiera, ni así acabábamos de creer en ello.

La primera vez, en su trabajo, ya pasado el horario de oficina,  le dí unos torpes besos en la oscuridad absoluta, no dijo nada, sino que  volteó, empezó a quitarles tranquilamente la carcasa a las computadoras y a apilarlas una sobre otra contra la puerta de cristal, que era el único recurso de algún voyeurista (suponiendo que paseara a esas deshoras de la noche). Entonces supe que sería mío.

Sentí su enorme (me pareció enorme) erección frotarse contra mis muslos, entonces lo desabotoné y bajé su cremallera. Él estaba en carne viva, yo nunca había visto un hombre desnudo, o por lo menos no así. Estaba tan o más asustada que él, pero según yo tomé mucho aplomo, y de golpe y porrazo me lo metí en la boca. Hasta la fecha no sé, si aquel ardid de dizque mujer fatal habrá funcionado e impresionado al enemigo, parece que sí, el no pensó que fuera a hacerlo…¿importa eso? Pronto aquello se volvió una especie de apuesta, una carrera de resistencia, un maratón donde intentábamos con desesperación ser el último en llegar. Recuerdo las palabras que él me dijo al oído, mientras estaba dentro, resuenan en mi cabeza en este momento.

Al día siguiente no se aguantó más y se fue a comprar un paquete de condones. Lo metió en el botiquín que nadie pelaba y justo ese día un colega buscaba cafiaspirinas para su cefalea. “Qué bien equipado está este botiquín”, fue lo que dijo. El niño de mis amores se hizo el sordo, aunque era el único con pareja,  y era evidente que eran de él. Era el mismo compañero que días anteriores se comió sin remilgos el cuerno vikingo que le llevé a él y que entonces, todavía se preparaban en el Colegio, con un  pan croissant como nunca he visto y un bistec empanizado gigantesco atravesado  y que él, en un desplante de rabia, había tirado a la basura. Cuando lo vio comérselo, hizo una mueca y le preguntó cómo se podía comer aquello:

“He estado en los scouts, he comido cosas MUCHO peores. Una vez que no había nada, hicimos sándwiches de papas fritas”

Y así. Una vez casi nos pillan, en mi casa. Cuando llegaron en la noche, estábamos jadeando y colorados, pero vestidos y seriecitos. En una de tantas veces en la cama después del sexo, me dijo:

“Tú me has enseñado mucho; me enseñaste que el amor es mucho más que solo el de aquí, el de la cama”

Mentira. Jamás le había enseñado eso. Y lo abandoné, porque era evidente que eso lo aprendió en otro lado.

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