Duendes y Chaneques

Todos los animales que corren sobre la tierra, que vuelan por los aires y que nadan en arroyos, son suyos. Por eso, roban sus perros a los cazadores, para que no dañen las plantas, ni maten a los animales. Los duendes, llamados también chaneques o duendes, son dioses menores, tótems protectores de la natura, y en el Istmo los hay o  en blancos o benévolos, y negros o malignos. Los que trataremos aquí son los de naturaleza benévola.

A los perros los vuelven mansos dándoles  bien de comer, para que no persigan a los conejos, a los armadillos, ni a los venados, que son sus animales preferidos. A los duendes les gusta mucho jugar con los niños. Cuando algún chiquillo les llama la atención, se le aparecen y comienzan por ganarse su confianza ofreciéndole dulces, frutas y regalos nunca vistos. Poco a poco lo atraen a lugares donde hay cuerpos de agua, y allí lo sumergen y se lo llevan a sus cuevas que están más allá del agua. Son cuevas mágicas, sin puertas ni ventanas.

No tienen por donde entrar ni por dónde salir, sin embargo, no dan miedo, porque el tiempo no pasa y los días son lo mismo que las noches. Además siempre hay una mesa con comida sabrosa y calientita, y una hamaca donde acostarse a descansar y dormir. El duende no hace  daño alguno, ni siquiera se aparece, y sólo el decide si el niño vuelve con sus padres o se queda con él para siempre.

A otros les gusta enamorar a las muchachas de trenzas largas y ojos grandotes; buscan especialmente a las que se llaman Hipólita o Guillermina. Llegan por la noche a visitarlas y les cantan canciones de amor. Si las encuentran dormidas, las peinan, las perfuman y les ponen flores alrededor de la cama.

También les hacen muchas maldades: les echan ceniza y tierra en el plato cuando están comiendo y les levantan las enaguas cuando salen los domingos a pasear por el zócalo. En las noches se meten a la cocina a tirar los trastos o se suben al tapanco de la casa a brincotear asustando a todos los de la casa. Las muchachas se ponen flacas de tanto susto y pueden hasta morirse; por eso, los parientes buscan la manera de ahuyentar al duende enamorado.

Una de las mejores formas de deshacerse del duende consiste en poner junto  a la cama de la muchacha una guitarra nueva, sin cuerdas. Ella, antes de dormirse, deberá llamar al duende y pedirle que le cante canciones, como las que cantaba su antepasado en el cielo. Cuando el enamorado se presenta ilusionado y encuentra la guitarra sin cuerdas, es tal su decepción y su tristeza, que se aleja para no parecer mal músico y quedar en ridículo.

Para deshacerse de él, el papá de la muchacha puede también poner sobre la mesa una carta, un buen montón de semillas de mostaza y una guitarra. En la carta le promete al chaneque la mano de su hija, con la condición de que cuente los granos de mostaza. Cuando el chaneque llega, lee la nota, y de puro gusto, coge la guitarra y se pone a cantar. Así pierde el tiempo de modo que cuando se acuerda de las semillas, ya está amaneciendo. Entonces, trata de apurarse, pero son tantas y tan chinquitas, que se hace bolas y acaba por aventar todo y salir corriendo.  Hay quien dice que lo más fácil es llamarlo “compadre”, porque le molesta tanto que se va inmediatamente.

En Veracruz hay algunos Chaneques: andan siempre cerca de los arroyos y riachuelos brincando y bañándose encueraditos. Cuando algún campesino lo encuentra, gritan y brincotean para asustarlo; el pobre hombre se enferma del susto, le pegan calenturas y pierde las ganas de  comer. Para que sane tiene que limpiarlo un curandero con sahumerios de copal y con cantos.

A pesar de ser tan traviesos, los duendes también acostumbran ayudar a los que se vuelven sus amigos. Los que quieren sus favores hacen un pacto con ellos: van a lo más apartado del monte a llevarles regalos, como elotes, agua, carne… y les rezan la oración del encantado. El duende les contesta que está de acuerdo echando tres chifliditos; o responde mandándoles venados y dejando que encuentren los tesoros de las cuevas.

A los duendes se les puede rezar a las siete de la noche, los domingos, los lunes y los martes, pero sin que nadie lo sepa.

Fuente: Enciclopedia Infantil Colibrí, SEP-SALVAT, 1979

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