Bondage

No me miren con esos ojos; no es una práctica recurrente en mi repertorio. Pero, cuando has cohabitado (hórrida palabra, “cohabitar”) con un hombre, por cinco años consecutivos, te acostumbras a compartir la delicada fibra  del espacio-tiempo, que se rasga como himen de quinceañera, a sus vicios (fumar después del sexo) y beneficios (un masajito para liberar la tensión, un bañito juntos, unos ricos besos para ir a la cama). O algo tan simple como el placer de verle las nalgas cuando se levanta para orinar.

Pero como tal, la cama es celosa y requiere airear las sábanas. Ya habíamos probado sodomía, onanismo recíproco y el milenario manual de amor hindú. El sadomasoquismo sólo era el predecible  paso en el orden natural y evidente de los actos.

Llegas impasible, con una actitud dominante que te queda muy bien. Me pides con una voz nueva, violenta, que nunca te había escuchado, que me quite la ropa.

-No, así no, mamacita. Muy despacio. Tú sabes cómo.

Empiezo a desabotonarme la camisa, dejando entrever la línea de mi abdomen, mi espalda, los dos hoyuelos que se dibujan justo arriba de mis nalgas. Quitarme el sostén es un acto teatral, que ha alcanzado una exactitud casi proverbial, antes que puedas ver el suave balanceo de mis tetas. Al bajar el cierre de la falda, dibujo con los dedos la curvatura de mis nalgas, la bajo con cuidado. Pero cuando empiezo a soltar las ligas de las medias, intervienes:

-Basta, déjatelas puestas.

Me abrazas desde atrás, no es un abrazo cariñoso; es una forma de inmovilizarme, muerdes mi nuca, siento tu hálito caliente, mientras me amarras con nudos que no son de alguien que los hace por vez primera. Es evidente que los has practicado, veinte, treinta, cien veces. Siento el grosor de la soga, muy ruda al contacto de mi piel desnuda, al correr me roza y quema. Esta sensación de inmovilidad me excita. Me pones una funda de las almohadas en la cabeza de modo que pueda respirar, pero no ver:

-Quédate quieta, perrita, y te va a ir muy bien.

Me conduces a la sala y me atas del castillo, de frente a él. Con una superficie redondeada y larga (¿un rodillo, un tolete?) me inclinas y me abres las piernas. Con los dedos descorres la tanga y enredas y desenredas, varias veces, en mi vello, uno, dos dedos. Sabes lo que haces, estoy impaciente, tus dedos, húmedos. Me restriegas tu verga enhiesta; siento el calor. Y de pronto, el dolor, en las nalgas, como un latigazo ardiente y fugaz. Y luego otro y otro.Y yo siento placer, el placer que me causa el dolor, el dolor de sentir placer, como una misma cosa, fundidas y confundidas, quiero y no quiero que pares.

Cuando me has latigueado lo suficiente, tiras la fusta, me acaricias, me lames, te detienes en mis pechos, me retuerces los pezones. Yo grito y me abofeteas:

-Tú sólo vas a gritar cuando yo diga, perra…

Mentira. Grité para que lo pudieras decir, porque me excita que te creas que me duele. Me excita que te creas dueño de la situación, cuando te comportas exactamente como yo hubiera deseado. Y saber que no lo sepas es excitante.

Me desatas del castillo y me llevas a rastras, a la cama:

-Arrodíllate, te quiero en cuatro.

Me restriegas tu virilidad contra mis labios verticales, me dedeas el ano todavía un rato, te demoras ahí antes de metérmela con lujo de violencia mientras me tiras de los cabellos y al oído murmuras tu verborrea eres una puta, eresunaputaeresunaputa como un monótono ritornello.

Pues sí, soy una puta, pensé, delo que estoy segura es que  a este paso no te va a durar mucho. Pero no hay que negar el morbo que me provoca teniéndote en un papel protagónico, dominante, donde crees que mandas. Te tengo exactamente donde quería; bien adentro de mí, siendo tú, el que tratas de ocultar cuando tenemos sexo convencional.

Al día siguiente los vecinos nos ven con cara extraña. Oye, no me mires así; creerán que te golpeo…

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