Retorno, eterno retorno.

Soy una nómada; mis numerosos pendientes me obligan a estar todo el día en la calle.Hoy, como siempre,  un pie se puso delante del otro y  así, casi sin notarlo, me llevaron  a andar. A andar y andar.Y mis pasos me llevaron a recorrer viejísimas calles de la Ciudad de los Palacios . Primero, unas vueltas por el Paseo de la Emperatriz, de cuando aspirábamos a ser casi europeos.

Luego, al corazón de la Gran Tenochtitlán. Creo que a ningún chilango le es ajena la emoción que se siente pisar esta ciudad milenaria, acercarse a la Plaza de la Constitución, ese redoble del corazón, ese llamamiento de la sangre,  siglos de piedra y sangre (Aquí, míticamente encontraron al águila de los augurios, acá, a la Coyolxauhqui, acullá,  Pedro de Alvarado ordenó la matanza).Quiso el destino que me metiera por las calles de los teatros; Allende y Bolívar, hasta una plazuela que quiero mucho, que he querido mucho, la del Reloj Otomano, regalo de Líbano al país, con sus números arábigos en la carátula,  o “Plaza de la Ranita”.

Y de repente, ahí estaba yo, en la otra esquina, hace muchos años, con mi familia. Era el inicio de otro ciclo escolar, y teníamos por costumbre, ir allí por todos los útiles escolares, a veces incluso con abuelita y tías. Mis zapatos para la escuela, me los compraban invariablemente en un local que ahí ha estado y ahí sigue: El Borceguí, en el número veintidós, y jamás nos íbamos sin haberme probado como diez pares y de subirme obligatoriamente a los caballitos que tenían dentro.

No acababa ahí, después de comprar útiles, el uniforme, las camisetitas y las calcetas en la calle de los mercaderes de Moneda, donde todo lo daban al mayoreo. Me gustaba ir pasando, sorteando a la gente, luchando por ir al mismo paso que mis padres, leyendo los letreros:  El Café de Tacvba, ¿Petacas? Las de Miguel, el Coco de los Petaqueros, Gili Pollos, Librería Porrúa, Café El Popular, Jugos Canadá, Dulcería de Celaya, antes de que se llenara de Seven 11, Starbucks y demás franquicias.

El paseo terminaba con un chocomil y un tentempié en el Super Soya; Nunca sabía cuál pedir, todos sonaban deliciosos, sus nombres me seducían; Bomba, Vampiro, Antigripal, Cítrico, Supermán… Ví que aún estaba el local, entré y  pedí una hamburguesa de soya. Aunque ya no venden sus celebérrimos licuados, no pude soportar la tentación de pedir uno de sus helados en esos barquillos gigantes, recién waffleados:

Sabía a puritita nostalgia.

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