Fetish

Tengo una deformidad que la mayoría de los hombres encuentran muy sexy,  así como en muchos países encuentran los ojos azules o verdes; tengo los dedos de los pies torcidos (imagina los pies de la muñeca Barbie), y un arco muy pronunciado. El primero en darse cuenta fue mi primo Armando, cuando  yo tenía ocho o diez años, caminó detrás de mí, y le preguntó a mi mamá: -Tía, ¿porqué mi prima camina siempre de puntillas?

Por culpa de esa malformación, mi mamá me fomentó asistir a clases de ballet en el Museo del Chopo, y ahí estaba yo dos horas, tres veces por semana, para fortalecer los metatarsianos, según le dijo el osteópata. Pero también por culpa de aquella malformación, algo me quedaría en mi andar que me hace contonear un poco,  un vaivén leve, no forzado.

Los hombres que me conocen lo saben, pero las mujeres en general piensan que me doy mi taco, pero hasta donde yo recuerdo, siempre he caminado así.

En un par de ocasiones, incluso, varios hombres me han seguido así nada más, porque les gustaron mis pies. Pero la vez que más recuerdo, iba yo de regreso del trabajo  en uno de esos micros que pasaban (o pasan todavía, no sé) sobre Cuauhtémoc y me bajé  en Juárez porque iba a comprar no sé qué cosa. Era un día de mayo, hacía mucho calor, y la ropa se nos empapaba de la humedad. Llevaba unos jeans desgarrados y unas cáligas de gladiador, recuerdo que ese verano recién se habían puesto de moda.

Pues me bajé en Juárez y noté que un hombre que viajaba en el mismo autobús, muy joven y de no malos bigotes, (de hecho, bastante guapo) y que no había dejado de hacerme ojitos todo el camino, se bajó también, y me preguntó algo, creo que si le podía mostrar mis pies, y pensé yo, ¿pues porqué no?

Caminamos hacia una de las banquitas que hay sobre avenida Juárez, y después de un buen rato de estarme mirando los pies, me dijo con mucha educación que si me podía desamarrar las cáligas. Y en esta parte del relato muchas personas me preguntan si me excité. La verdad yo me estaba carcajeando por dentro, me parecía divertidísimo un wey que de buenas a primeras me pidiera descalzarme, pero como no era una conducta inaceptada socialmente, como, por ejemplo, hacerle un wawis en la vía pública, pues me pareció muy divertido ver hasta dónde era él capaz de llegar.

Empecé a soltarme las correas, cuando él me detuvo y empezó a hacerlo él mismo, pero se demoraba tanto, como para que cada instante tuviera un nombre. Y cuando por fin tuvo mis pies desnudos, los tomó suavemente, pero no con morbo ni con lascivia, sino, como si tuviera en sus manos un animal exótico y delicado. Y efectivamente, la gente, si acaso nos veía como un gentil novio que masajea suavemente el pie torcido o lastimado de su novia. Nadie parecía entender la connotación sexual.

Los tomó, los sopesó, los recorrió todos suavemente, me metió los dedos entre los míos, y me preguntó si me excitaba aquello. Y le contesté la verdad, que no me excitaba nada. Pero te gusta,¿no? Me dijo. Pues no me gusta, pero tampoco me molesta. La verdad, me haces cosquillas -Esto debe ser como el caviar-pensé- hay que tomarle el gusto… pero no creo ser nunca una gran fan…-

El poder de tratar a un hombre con las patas, eso sí era excitante…

Y entonces empezó a frotarlos con una fruición que casi era devoción- Claro que te gusta, ¿te gustan tus pies, verdad? Sabes que son bellos, o ¿porqué te pones esos zapatos tan provocadores? Provocadores. Mis zapatos para mí, eran cómodos, versátiles… nunca provocadores. Pero desde su lógica fetish sí lo eran.

Entonces hizo algo que no esperé;

Suavemente,

Rozó con sus labios mis dedos,

abrió la boca,

y se introdujo todo el pulgar.

La sangre se me congeló en las venas, no entendí nada. Sólo sentir esa lengua caliente contra mi dedo. Me dio bastante asco, llevaba todo el dia caminando y los pies tierrosos y sudados de la calle. Él debió ver cómo se me descompuso la expresión y, muy educado, pidió disculpas. No te preocupes, le dije, pero era obvio que el sacón de onda era grande.

Entonces me pidió un último favor, ¿cuál creen? Pues, sencillamente, que le caminara encima, y cuando lo hice, le caminé con toda mi fuerza y ganas de hacerlo pulpa contra el pavimento. El estaba en el paroxismo, no sabía si creerlo o disfrutarlo, se abandonó al placer… ! P’os este !

Y aquí siempre me preguntan ¿y qué pasó con el chico, lo volviste a ver? Y nunca me creen cuando les digo que no. Pero es que no podría soportar a un hombre que idolatre más a mis pies que a mí. !Qué tiempos, qué gente!

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