Vladi

Ayer sin pretendérmelo, me acordé de Vladi, a quien un tiempo de mi vida quise mucho y nunca me separaba de él. Vladi, sobrenombre amoroso de Vladimir, igual su padre, era rubio de ojo azul, como buen ruso, y usaba un jersey azul cielo a rayas blancas. Vladi era el producto de unos amores tórridos que tuve con un ruso guapísimo, Il’ya,  que comía baklava y bebía vodka caliente, y que me decía Ya lyublyu tebya, tebya, tebya, porque yo era su Milaya, y que había conocido en uno de mis numerosos viajes. Y a quien nunca veía porque estaba siempre en fuga, como todo Tovarich, y a veces, novelescamente encerrado en Siberia por sus ideas.

O eso pensaba a los tres años. Porque Vladi fue el primer muñeco que tuve. Tenía forma de bebé y al acunarlo cerraba los ojos, y le perdí un zapatito de andar trayéndolo por todas partes. No sé qué fue de él. Creo que de modo infame lo tiraron a la basura con mis demás juguetes cuando yo estaba fuera de casa, ya más mayor, quizá en la escuela.Y aunque tuve otros muñecos más tarde, la presencia de Vladi es la más importante, porque es la introducción de una presencia masculina (invisible, pero cierta) en mi vida, aparte de mi padre.

Estaba buscando una foto mía, con Vladi, pero la debe tener mi mamá.

Creo que lo bauticé así por el príncipe que en un cuento del folklore ruso, se adentra en la taiga, y se encuentra con una bruja (con seguridad, Baba Yaga) que lo transforma en ciervo, y los hombres le quieren dar caza, hasta que la princesa lo encuentra y con su beso rompe el hechizo.

Me compraban cuentos rusos que yo leía y releía fascinada, como el de La Abuelita Osa, donde un oso se disfraza de abuelita para visitar a unos niños solos y comérselos, pero la hermanita se las arregla para matar al oso a puñaladas (en serio!) o ese otro que se llama El Muñeco de Nieve, donde un niño hace un muñeco de nieve, hay un incendio, la casa donde el niño duerme se quema, el muñeco de nieve lo salva, aunque se derrite, y el niño llora, pero ve en las nubes la cara del muñeco de nieve.

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