Farabeuf

“-Fotografiad un moribundo, y ved lo que pasa. Pero tened en cuenta que un moribundo es un hombre en el acto de morir y que el acto de morir es un acto que dura un instante, y que por lo tanto, para fotografiar a un moribundo es preciso que el obturador del aparato fotográfico accione precisamente en el único instante en el que el hombre es un moribundo, es decir, en el instante mismo en que le hombre muere”.

Farabeuf

Al empezar a leer Farabeuf, de Salvador Elizondo, mis dos inquietudes, eran, por supuesto, qué habrá hecho la persona de la fotografía, para que los chinos, con su marcado gusto por los tormentos, después de amputarle los senos, se empeñaran en serrucharle una pierna. Recordé esa vieja tortura (Leng T’ché o de los Cien Pedazos), donde los van cortando por pedacitos, en una agonía que puede extenderse durante días enteros.

Pero ante todo, el porqué  el desencajamiento de su rostro, tan indiferente e incoherente de su situación, mirando al cielo, quizá, efecto del opio que les administraban para evitar que el shock doloroso los hiciera morir prematuramente.

El torturado, comenta Bataille en Las Lágrimas de Eros, es Fou Tchou Li, asesino del príncipe Ao Jan Ouan, en 1905. Originalmente, y según las leyes chinas del momento, su pena debería haber consistido en la hoguera; pero las autoridades consideraron este castigo como excesivamente cruel e inhumano y decidieron, paradójicamente para nuestra mente occidental, darle coup de gráce y  “rebajarlo” al descuartizamiento en vivo.

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