Yeh Sieh, la verdadera Cenicienta

Debo agradecer a mi tía, Leticia Reyes, la redacción de este artículo, a quien, conociendo mi afición por los libros desde muy niña, me regaló el libro de Yeh Sieh, hermosamente ilustrado con un estilo que claramente imita la acuarela china. A ella también debo el desccubrimiento de Ásterix, Lucky Luke, el Pequeño Nicolás, y con ellos, también mi iniciación a la historieta europea.

Yeh-Sieh, hermosa doncella, hija de un sabio profeta chino que ha enviudado y  vuéltose a casar, y que, sintiendo el anciano próximo su fin, pide a su bella hija jurar que “no permita que su rostro, como un loto, se llene de la fealdad por dolor o ira”

Seguramente el lector recuerda el cruel tratamiento que se acostumbraba en China (el de vendar los pies de las niñas pequeñas a fin de que no crecieran, por estándares de belleza china.) Yeh Sieh, de pies naturalmente pequeños, nunca fue vendada.

A la muerte del padre, Yeh-Sieh, recordando la palabra empeñada, debe tolerar las humillaciones de dos crueles hermanastras, solapadas por slamadrastra, quien la condena a vivir en el hogar chino (recordemos que está en el centro de la casa china), por lo que Yeh Sieh está perpetuamente cubierta de ceniza.

Siempre amable, siempre gentil, Cenicienta pone el alma en todo lo que hace, aunque termina siendo la criada de su propia casa. Habla con los patos mandarines y entabla amistad con la carpa dorada que vive en uno de los estanques de la mansión, y tiene una relación de amistad que dicen los chinos, es uno de los 64 momentos de felicidad que tiene la vida.

Deseosa de lastimar a Cenicienta, aunque tenga que quitar la vida a un ser indefenso, la madrastra se disfraza de cenizas, para burlar y sacar al pez del estanque, y “pone maldad sobre maldad al echar el cadáver al estercolero”

Un anciano sabio (el espíritu del hogar) se aparece a la inconsolable Yeh-Sieh, diciéndole que conserve el cadáver, y cualquier cosa que le pida, se le concederá. La oportunidad se aparece con un baile real. Yeh Sieh, por supuesto, pide al pez ricas vestiduras, y aparece ataviada como una princesa, con largas vestiduras de seda virgen bordado en oro y plata, tocado alto y zapatillas recamadas en brillantes.

El Rey de las Nueve Islas se enamora de ella; pero Yeh Sieh, preocupada porque la madrastra note su excesiva tardanza, sale corriendo dejando tras sí su zapato.

Al probarse el zapato (como siempre sucede), resulta la única cuyo pie cabe en el minúsculo objeto, con un ademán coqueto se calza el otro ante el asombro de los concurrentes, lo que recuerda el poema chino:

“Tan graciosamente esbelta, tan sin remedio bella”,

por lo que el joven rey le pide vaya a gobernar junto a él las Nueve Islas , pero ella hace una solícita petición; que su matrastra y hermanastras la acompañen como damas a esta última aventura, demostrando así el perdón sincero, una de las cualidades de la mujer china.

 

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