Manual de Lujuria

Por Óscar de la Borbolla

Conocía la ciudad de México como la palma de su mano: por donde se encontrara sabía llegar al sitio perfecto para hacer el amor.

No importaba que fuera de día o de noche, tuviera o no dinero, o fuera necesario para el buen resultado de sus planes tumbarse a la intemperie o meterse al discreto refugio de un cuarto. No había una sola banca de parque, ni un prado seco y cubierto por arbustos, ni un lote baldío, ni un hotel de paso, ni un cementerio silencioso de callecitas solitarias, ni una iglesia abandonada luego del rosario, ni un zaguán de portales entornados, ni un baño de cine a media película, ni un estacionamiento de varios sótanos sin vigilancia, ni un palco privado durante un concierto, ni siquiera un callejón oscuro de Coyoacan o de Tlalpan que escapara a su fabuloso inventario de lugares apropiados para el amor.

Manejaba como nadie los horarios en que la policía acaba su ronda en los parques públicos y los niños se largan a otra parte con su pelota y su bullicio. Se mantenía al corriente en los precios de los moteles y en los panteones era capaz de llegar con los ojos cerrados a las mejores criptas y a las lápidas más lisas: odiaba aquellas con epitafios esculpidos y procuraba eludir los que ostentan el nombre del difunto en relieve, pues, al acostarse en ellas, las letras se le marcaban en la espalda provocándole remordimientos y pesadillas que solían durarles semanas.
También era un conocedor del carácter femenino, un experto que adivinaba de golpe lo que debía decir y lo que debía callar sin excederse una palabra ni quedarse corto en una caricia; siempre elegía a las mil maravillas su conducta para combinarla con el temperamento, expectativas, gustos, cultura y clase social de la mujer en turno; era hábil, maleable y mimético: si se trataba de una muchacha tímida, inexperta, de ojos azules y mirada lánguida, la invitaba a visitar un cementerio: en el norte, Jardines del Recuerdo, en el sur, el Panteón Jardín, y una vez ahí: la recargaba contra un sauce añoso y valiéndose de su memoria portentosa le declamaba poemas enteros acerca de la muerte y, cuando ya la tenía triste, tan triste que ella empezaba a secarse las lágrimas con el filo del vestido, le escurría por el cuello y los hombros un listón húmedo de octosílabos que la hacían estremecerse: Los muertos abandonados: /jamás habrán de revivir./ Esqueletos putrefactos: / amor de ratas y cráneos. / Mientras nosotros, en cambio, / sólo un instante fugaz / estamos sobre las tumbas… /Goza este mágico sol, / porque parten siempre / tus minutos enfermizos. En ese momento, suspendía el fraseo y con las manos le escribía círculos de radio cada vez mayor en la espalda. Ella suspiraba emblandecida por el abrazo y él atacaba con el Poema Veinte de Neruda. El efecto era fulminante: de la melancolía romántica pasaban a la rebeldía romántica, del “nada vale” al “mancillemos todo” y del trágico “nada tiene sentido”, al desenfadado “qué más da”. El movimiento circular de sus manos, sobando y sobando la espalda subía el vestido hecho un remolino de tela y con dedos maestros le perforaba la pantimedia, le apartaba la pantaleta y, al llegar al verso “Es muy corto el amor y es muy largo el olvido”, la penetraba.

A unos pasos de ahí, detrás del sauce, detrás de una cripta de arquitectura gótica con sus torres de aguja y sus gárgolas de estilo Notre-Dame, ante una fosa abierta, un centenar de personas se congregaba en torno de un orador fúnebre y, sin que nadie supiera cómo ni de dónde, llegaban a mezclarse con los rezos los lloros y los pésames unos suspiros y unos jadeos que a todos los de cara circunspecta o rostro cínico les hacían recordar la fuerza pujante de la vida. La muchacha de los ojos azules, sacudida ya de su languidez, respondía a las certeras embestidas con un balanceo rítmico de caderas y un resorteo de pelvis que el pusieron los ojos azules en blanco en el mismo instante en que el ataúd tocó fondo y él se vació en ella y comenzaron las primeras paletadas de tierra.

Era un verdadero psicólogo práctico con especialización en mujeres casadas: No hay casada que no esté cansada y cargada de odio, me decía, la vida conyugal genera una necesidad de venganza mayor que la necesidad sexual y, por eso, más que la seducción, lo que funciona con las casadas es la traición. No debes mostrarte como amante, sino como cómplice, como un mero instrumento de revancha. Con las casadas era paciente, amable, reservado; escuchaba con aprobación, sin interrumpir, sólo alternando con gestaos de aquiescencia o con breves comentarios alentadores. Después, bastaba un mínimo de inactiva: un apretón de manos, un beso suave sin emoción para desencadenar una avalancha de encuentros extenuantes. Para tener éxito con esta clase de mujeres, sólo hace falta, me decía, una disponibilidad total: poder acudir a las 10 de la mañana o a las 6 de la tarde, generalmente en horas hábiles, y estar dispuesto a prometer lo que sea: escapar, matar al marido, suicidarse por ellas, asaltar un supermercado. Nunca importa qué, pues esas promesas jamás pasan a mayores ni hay que poner a prueba la ferocidad y el aplomo de los desplantes.

Le gustaban las mujeres casadas jóvenes, ricas y rubias, con habitaciones forradas de espejos donde ellas pudiesen ver multiplicada desde distintos ángulos su venganza y el entregarse al autovoyeurismo. La imagen de su cuerpo prensado por unas piernas que se cerraran como pulsera de plata a su espalda lo enloquecía, la constante tensión de ser sorprendido, de estar usurpando el papel, el espacio y los derechos de otro lo conducían al clímax. Nunca había tenido que salir huyendo sin zapatos, ni se había escondido en un ropero, ni se había descolgado por una ventana; pero en cierta ocasión ávido de emociones fuertes, pidió a su amante que lo invitara a la hora que el marido estuviera en casa, apareció puntual y, tras ser presentado como un amigo de la infancia y aguantar unos comentarios ásperos del marido, dirigió la conversación por los desfiladeros del psicoanálisis con tanta vehemencia que obligó a su rival a declararse escéptico, ateo de Freud y antidogmático. Entonces lo retó: ¿a que lo puedo hipnotizar?, le dijo, usted cerrará los ojos y oiga lo que oiga no los abrirá hasta que yo se lo pida. El marido estuvo de acuerdo y fijaron una cantidad como apuesta. El marido bajó los párpados como le ordenaba. Está usted cansado, muy cansado, comenzó a decir mientras desvestía a las esposa, quien, aterrada por lo peligroso de la escena, opuso una mediana resistencia que volcó las copas en la alfombra. El marido se quedó efectivamente dormido, aunque más por el cansancio que traía que por los dotes de aquel falso hipnotizador que le sedujo a la mujer en las barbas, la poseyó al ritmo de sus ronquidos y, al final todavía, le cobró la apuesta argumentando que había sido un pacto entre caballeros.

Era inigualable en cuestiones de amor; dominaba todas las técnicas amatorias de la tradición erótica del mundo: druidas, tantristas, y vatsyayanistas no tenía nada que enseñarle; sabía de posturas exóticas, del modo como cada centímetro de piel o de mucosa puede volverse erógeno; prolongaba a voluntad su eyaculación, pronunciaba las frases ásperas o vulgares para incendiar la fantasía; empleaba a discreción estímulos visuales, gustativos y olfativos; era capaz de arriar un golpe o los que hicieran falta sin dejar marcas o, al menos, no de esas marcas torpes y amoratadas que luego acarrean los difíciles interrogatorios de los maridos: dejaba huellas, si, pero eran huellas mnésicas, tatuajes indelebles en la memoria que condenaban a sus mujeres a al añoranza; poseía una condición física que le permitía, con intervalos de 10 minutos comenzar el torneo por la mañana y acabarlo por la noche o hasta el día siguiente o hasta la noche siguiente, y después de un baño, un par de horas de sueño y una comida frugal, ya estaba listo para una nueva compañera o para la misma, pues no era de esos don Juanes necios que más parecen coleccionistas de novedades que auténticos coleccionistas de placer.

En muchas ocasiones demostró sus variados recursos y su potencia ilimitada: llevaba una semana de excesos con una pelirroja, cuyos padres se hallaban de paseo en Europa, cuando hizo el genial descubrimiento que años más tardes me entregaría como herencia. Ya habían probado de todo: oralismo, sodomía, sadismo, fetichismo, onanismo recíproco, encima, debajo, de pie, de frente, de espaldas, como tijeras encontradas, sobre los brazos del sillón, con la ropa de los padre viajeros, platicando con ellos por larga distancia, ella con medio cuerpo asomado por la ventana saludando a los vecinos y él detrás oculto por la cortina, el de cabeza recargado contra la pared y ella al derecho apoyada en él. Cuando la imaginación empezaba a flaquearles y el cuerpo a mostrar los síntomas inequívocos del agotamiento: esa amistad tierna de los matrimonios, él tuvo aquella idea maravillosa que les permitió proseguir solos otra semana, antes de verse obligados a recurrir al auxilio de unos amigos para, estimulados por la promiscuidad, completar con éxito el mes que estarían ausentes los padres de la pelirroja. La idea fue sencilla y, más que idea, fue el descubrimiento botánico de ciertos cardos silvestres que crecían indiferentes en un rincón del jardín: aquellas plantas, frotadas contra la piel, provocando un prurito y una irritación que escocía, pero, además, un ardor reanimante que mantenía erecto su pene y viva la vagina de la pelirroja.

No era, pues, un don Juan coleccionista, aunque en su catálogo figuraran 237 registros cuando a los 50 años perdió la cuenta e incinero la caja de cedro, donde tenía ricitos púbicos suficientes como para rellenar una almohada. Sólo iba detrás de otra mujer, cuando la que tenía necesitaba descanso o se volvía incapaz de emocionarse. En esas situaciones manifestaba su mejor talento, ya que lejos de insistir, lejos de afanarse a la reconquista, tomaba el camino fácil de la conquista, se iba en pos de una nueva amante, y si alguna se le resistía: lo que le ocurrió muchas veces, adoptaba una actitud filosófica digna de elogio: Si una no quiere, es preciso olvidarla y esperar; si jamás se entrega: el olvido remedia el deseo; si sólo se demora, la espera la habrá vuelto un vino exquisito añejado por la tardanza. En este aforismo dialéctico sintetizaba su más decantada sabiduría, porque no era olvidarla y ya, ni esperarla y ya, pues en el amor nada sucede para siempre, sino olvidarla y esperarla simultáneamente. Dos errores puedes cometer, me decía: acosar sin descanso y retirarte por completo, ya que a quien primero doblega el asedio es a quien lo hace y quien se aparta en definitiva es como el que se pasa la vida abriendo cuentas de ahorro y jamás regresa al banco por los intereses.

Al llegar a la vejez frecuentaba muchos moteles, pero su favorito, pese al lamentable estado de las camas, era Las Pirámide. Lo consideraba un tugurio, un lupanar de mala muerte; pero a fuerza de asociar sus cuartos con el placer, le había terminado por cobrar cariño. Aquellas habitaciones no tenían servibar, ni luz roja ni negra, y rara vez había agua o jabón en el baño o funcionaba la música ambiental; pero esas sobrecamas rojas satinadas de esperma y el sonido de la chicharra avisando la llegada de otra pareja y los cajones falsos, simulados, del tocador, y las quemaduras de cigarro jaspeando al alfombra y los colchones vencidos aflojados por las trepidaciones del amor, y aquellos alaridos orgásmicos que traspasaban las paredes mal pintadas, mal vestidas con unas cortinas que se caían a pedazos sobre unas ventanas donde los años habían compendiado su pátina y su mugre, todo eso que habría ahuyentado a cualquiera, era precisamente, lo que lo hacía volver; pues en ese congal nada lo atraía y podía clavarse en lo suyo sin distraerse: allí nada era placentero, salvo el placer.

Quizá por eso, viejo y decrépito, presintiendo su muerte, fue a Las Pirámides: pasó el codo de la entrada, no tuvo la precaución de pedir al encargado el par de tehuacanes con los que suplía la eventual falta de agua corriente, entró a la habitación con una mujer de pechos bastos, cintura pequeña y unos ojos oscuros capaces de guardar un secreto; dejó el saco en una silla y avanzó hacia ella: le soltó el pelo, le rozó los labios con el dedo cordial, le bajó la cremallera de la falda, le quitó las medias, le puso las manos en las caderas, le acarició las ingles siguiendo la orilla de la pantaleta, tiró del nailon hacia arriba para que se le hundiera: a derecha e izquierda para separarle los labios vaginales; le desabotonó la blusa, le desprendió el brasier: unos senos anchos, bruscos, cayeron con los pezones inflamados; la recostó, se quitó la ropa, la vio tendida con el sexo enmascarado por el bozal de nailon, le besó la cintura, los codos, las piernas; la pantaleta bajó enrollándose hasta los pies, hasta convertirse en un 8 húmedo del centro que cayó en el piso; la recorrió por todas partes con la lengua, se detuvo en su sexo, saldo, amargo, viscoso, blando, despeinado, profundo y prometido: ella gimió, se estremeció, trato de desprenderse, le puso las manos en la nuca, se enderezó en un grito.

Se trataba de un grito sin misterios, de una ceremonia efectuada el día anterior, y el anterior y todos los días de su vida desde los 12 años; pero cuando la penetró, supo que su corazón iba a rajarse, que esa vez sería la última vez, y que de ahí no iba a rodar a fumarse su acostumbrado cigarrillo, sino que iba a rodar muerto como el macho de la tortuga o como el macho de la cigarra o como el macho que había sido siempre. Sintió temor, pero empujó hasta el fondo. La mujer comenzó a jadear, se quedó quieta, se contrajo de todas partes y con el orgasmo se le escaparon unos monosílabos de amor. El sintió un dolor que le cuarteaba el pecho y ni aún así cedió; aumentó la violencia de sus embestidas. Ella volvió a encenderse y a gemir y, cuando la música de esos gemidos anunciaba el clímax, le estalló el corazón. Estaba muerto, clínicamente muerto, pero se aguantó y solo después de eyacular, cayó encima de ella con toda su sabiduría y sus artes; muerto en plenas funciones y en el ejercicio de aquella actividad a la que había consagrado su vida. Nunca he vuelto a conocer a nadie que lo iguale: estoy orgulloso: con esta historia creo honrar la memoria de mi padre.

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