Condecci Aventura Número 2
23 Enero 2008
Cierta mañana, como a las diez, de inicios de febrero, hace no demasiado, me senté en las mesas con sombrillas que entonces tenía la cafetería de la Casa Lamm, (ahora es un restaurante super powser) a leer una reciente adquisión (El Ajedrez, de Boris de Greiff), cuando un caballero moreno, de una edad indefinida, interrumpió mi lectura con un acento extraño, sabrosón:
-¿Eres alumna del curso de hoy?
Le confesé, entre sobresaltada, y casi apenada, que no. Y quise retomar mi lectura, pero me volvió a interrumpir:
-Ah, ¿entonces eres alumna de algún otro curso?
Contesté, aún más extrañada, que únicamente me había sentado a leer mi libro. Casi creí que me iba a decir que tenía que consumir algo para poder quedarme,
cuando inusitadamente, se fue a la mesa de enfrente, se sentó y empezó a garabatear algo entre sus papeles. Seguí leyendo, bastante incómoda de que ni ahí pudiera leer en paz y ya con ganas de irme, pero a los quince minutos volvió y me extendió un papel que decía:
“Tu belleza es un golpe de luz a mis ojos cansados, un grito de furiosas presencias en un mundo repleto de vulgaridades; tu belleza inunda la mañana de mi voz y permanezco mudo frente a la tibieza que tus párpados pronuncian en contrapunto con tu cabellera de muchachas en los bordes…”
Y otras cosas que no me atrevo a poner aquí. Por supuesto, no supe qué decir, (era la primera vez que me dedicaban tan sentidos versos, yo tenía 18 años), pero por un brevísimo instante tuve la certeza de que aún existen los caballeros.
Luego supe su nombre: Carlos Olivares Baró, el mismísimo poeta cubano, el que da clases de guaguancó, chachachá, pilón, son, guajira y timba habanera, entre otros. Este cubano tiene sabor.
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